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El sentido del trabajo, el sentido de la vida y...


 


Esteban estudia Bachillerato y habla de un tema apasionante en su video, mientras retoca unos retratos sobre el tablero de dibujo.

¿Qué sentido tiene trabajar?, se plantea (y más en una mañana soleada de junio como esta, que invita a irse a la playa a tomar el sol, añado yo).

La respuesta es decisiva porque una visión puramente humana, horizontal y materialista del trabajo no acaba de satisfacer las inquietudes de muchos jóvenes. No basta con una respuesta del tipo: "porque estamos en junio y hay que aprobar".

Es conocida la conversación de aquel profesor norteamericano que se encontró a un alumno de su clase tomando el sol en el césped:

-¿Por qué no te pones a estudiar? -le preguntó.

-¿Para qué? -le dijo el alumno.

-Para sacar una carrera y construirte un futuro...

-¿Y luego?

-Luego podrás formar una familia, tener mucho dinero, viajar, y...

-¿Y luego?

-Te podrás comprar una buena casa, y cuando te jubiles, te podrás tumbar al sol sin hacer nada...

-¡Pues eso es lo que estoy haciendo ya!

 


 

San Josemaría:

He visto con alegría cómo prende en la juventud —en la de hoy como en la de hace cuarenta años— la piedad cristiana, cuando la contemplan hecha vida sincera; —cuando entienden que hacer oración es hablar con el Señor como se habla con un padre, con un amigo: sin anonimato, con un trato personal, en una conversación de tú a tú; —cuando se procura que resuenen en sus almas aquellas palabras de Jesucristo, que son una invitación al encuentro confiado: (...), os he llamado amigos; —cuando se hace una llamada fuerte a su fe, para que vean que el Señor es el mismo ayer y hoy y siempre.

Por otra parte, es muy necesario que vean cómo esa piedad ingenua y cordial exige también el ejercicio de las virtudes humanas, y que no puede reducirse a unos cuantos actos de devoción semanales o diarios: que ha de penetrar la vida entera, que ha de dar sentido al trabajo, al descanso, a la amistad, a la diversión, a todo.

No podemos ser hijos de Dios sólo a ratos, aunque haya algunos momentos especialmente dedicados a considerarlo, a penetrarnos de ese sentido de nuestra filiación divina, que es la médula de la piedad.

He dicho antes que todo esto la juventud lo entiende bien. Y ahora añado que el que procura vivirlo se siente siempre joven.

El cristiano, aunque sea un anciano de ochenta años, al vivir en unión con Jesucristo, puede paladear con toda verdad las palabras que se rezan al pie del altar: entraré al altar de Dios, del Dios que da alegría a mi juventud (Ps 42, 4.

 


 

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