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Van der Aardweg, psicólogo. El carácter de Escrivá


 









Este psicólogo holandés analizó durante un programa de televisión, grabado en su propia consulta, en Overveen, cerca de Ámsterdam, algunos rasgos del carácter y de la personalidad de Escrivá, respondiendo a las preguntas del entrevistador.

-¿Qué opinión tiene de Escrivá desde el punto de vista psicológico?

-Era un hombre de carácter recio, sólido, equilibrado, sin rasgos neuróticos, con un perfil humano nada egocéntrico. Vivió al servicio de su ideal, de su fe y de los demás, sin buscarse a sí mismo, y esto resulta bastante excepcional. Era un hombre sin fanatismos, con un trato natural, fácil y espontáneo. Sociable, sereno, de inteligencia incisiva. Una persona normal y original al mismo tiempo, que para un psicólogo constituye un caso interesante.

¿Cómo se refleja su psicología en sus obras?

En la sencillez; escribe de forma directa, sin intelectualismos. Es un hombre de mente clara, que tiene algo que decir en cada frase. Porque… hablemos con claridad: es frecuente que algunos sacerdotes y pastores escriban matizando al máximo cada palabra, con el afán -intentaré decirlo de forma positiva- de quitarle aristas a la realidad, de “suavizar las cosas”…

Escrivá, por el contrario, afronta las cuestiones de forma directa, viril, cordial. Escribe de lo que ha vivido, transmitiendo su experiencia personal. Me ha llamado siempre la atención el punto 263 de Surco, en el que aborda una cuestión enormemente compleja con gran lucidez. Leo:

(Abre el libro y comienza a leer ante la cámara)

Déjame que te recuerde, entre otras, algunas señales evidentes de falta de humildad:

pensar que lo que haces o dices está mejor hecho o dicho que lo de los demás;

querer salirte siempre con la tuya;

disputar sin razón o cuando la tienes insistir con tozudez y de mala manera;

dar tu parecer sin que te lo pidan, ni lo exija la caridad;

despreciar el punto de vista de los demás;

no mirar todos tus dones y cualidades como prestados;

no reconocer que eres indigno de toda honra y estima, incluso de la tierra que pisas y de las cosas que posees;

citarte a ti mismo como ejemplo en las conversaciones;

hablar mal de ti mismo, para que formen un buen juicio de ti o te contradigan;

excusarte cuando se te reprende;

encubrir al Director algunas faltas humillantes, para que no pierda el concepto que de ti tiene;

oír con complacencia que te alaben, o alegrarte de que hayan hablado bien de ti;

dolerte de que otros sean más estimados que tú;

negarte a desempeñar oficios inferiores;

buscar o desear singularizarte;

insinuar en la conversación palabras de alabanza propia o que dan a entender tu honradez, tu ingenio o destreza, tu prestigio profesional...;

avergonzarte porque careces de ciertos bienes...

(Cierra el libro)

Aquí trata sobre la falta de humildad, es decir sobre la soberbia, que es uno de los frutos del pensar excesivamente en nosotros mismos, de ese darle demasiadas vueltas a las cosas, algo que nos suele suceder a todos. Y nos proporciona una serie de criterios objetivos para nuestra autocrítica personal.

Son consejos propios de la psicología y de la moral, que nacen de una intimidad anclada, enraizada, en Dios. Cuando se analizan sus escritos con detalle se va descubriendo su profunda vida interior; algo que quizá no resulte tan patente tras una lectura superficial.

He leído en una de sus biografías, escrita en portugués, que tengo por ahí, que era un hombre saciado de Deus “lleno de Dios”. Su atractivo humano procede, en mi opinión, de esa saciedad, de esa plenitud íntima espiritual

Sus escritos, además de tener unos magníficos contenidos de carácter moral reflejan una psicología llamativamente sana y equilibrada. Por eso su lectura proporciona paz: porque son fruto del equilibrio íntimo de un pastor de almas que tiene mucho que decir al hombre de hoy.

El año pasado estuve leyendo un libro de Tatiana Goritcheva, una antigua disidente del régimen soviético, cuyas obras van siendo cada vez más conocidas en Holanda. Esta mujer descubrió al llegar a Occidente que había muchos sacerdotes y pastores de almas que tenían muy poco que decir; y por eso, decía Goritcheva, daban unos mensajes sin relieve, desencarnados, puramente teóricos.

Pues bien, en Escrivá sucede exactamente lo contrario.


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