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La única vez que vi al Fundador

Villanueva, Manuel, supernumerario del Opus Dei.
Toda mi vida en silla de ruedas


Con san Josemaría, en Bilbao


En silla de ruedas

La figura de Manuel Villanueva resulta conocida para cualquier persona que haya visto las fotografías más conocidas de la vida de san Josemaría. En una de ellas aparece abrazando a un miembro del Opus Dei sentado en una silla de ruedas. Este es Villanueva, que padecía parálisis desde hacía muchos años, y que escribió este testimonio:

"Yo era un hombre joven, con la vida llena de ilusiones cuando me diagnosticaron la parálisis progresiva que había de tenerme en una silla de ruedas, sin la menor esperanza de volver a andar. No es difícil suponer cuánto dolor cabe en el cuerpo entonces y sin embargo, no creo que pueda ser tan sencillo comprender que en esas circunstancias, se puede ser feliz.

La invalidez podría haberme amargado la vida de no haberme encontrado con el Opus Dei, donde descubrí el sentido cristiano del dolor. En las enseñanzas de Mons. Escrivá de Balaguer aprendí que el sufrimiento llevado por amor de Dios me hacía corredentor con Cristo y me acercaba a la herencia del Cielo.

El Padre tenía una capacidad singular para hacer descubrir el valor sobrenatural del sufrimiento, pues él lo había experimentado en su propia vida y en la de muchas personas a quienes trató. Como explicó en muchas ocasiones, cuando era un sacerdote joven y tenía que hacer el Opus Dei sin contar con recursos humanos, fue a buscar los medios entre los hospitales y los pobres de Madrid: atendiendo a los enfermos, a los niños desvalidos, que crecían en hogares sin fuego y sin amor. A gente desamparada y enferma. Algunos con una enfermedad que entonces era incurable: la tuberculosis.

Los enfermos son el tesoro del Opus Dei

Allí pasó muchas horas de los primeros años de su ministerio sacerdotal. Y allí encontró la fuerza para realizar lo que el Señor le pedía. Por eso pudo decir: 'los enfermos son el tesoro del Opus Dei'. Su riqueza era la oración y el sacrificio de esos enfermos, que ofrecían su dolor por las intenciones de ese sacerdote joven que les atendía con tanta abnegación.

Sin conocerle personalmente, yo vi en el espíritu de la Obra que toda situación puede ser camino para ir a Dios: también la enfermedad: que ninguna vida es inútil a los ojos de Dios, si se gasta en su servicio. Después conocí a Mons. Escrivá de Balaguer en 1967, durante una Asamblea de Amigos de la Universidad de Navarra. Oírle hablar de Dios impresionaba. Su fuerza, su cariño, eran de Dios. Y me di cuenta que me contagiaba ese optimismo, esa vibración.

La parálisis progresiva ha seguido su curso. He pasado -¿por qué no decirlo?- momentos muy duros, pues la enfermedad se agrava y no siempre resulta fácil aguantar con garbo. Sin embargo, debo decir que nunca me ha faltado la serenidad al saber que Dios está a mi lado. Me siento fuerte en mi forzosa quietud, en mi debilidad.

He pasado el año sesenta de mi vida, pero no me considero viejo. Era joven cuando me diagnosticaron la parálisis, pero ahora me siento más joven que entonces: con esa alegría que sólo Dios es capaz de poner en el alma (...). El Señor me llevará a su lado cuando El quiera. Lo acepto con alegría y me abandono en sus manos. Quizá sea pronto, pero yo le pido que tarde aún. Que me deje unos años más para contribuir con mi oración y mi enfermedad a que otros den sentido más cristiano a sus vidas. Cada vez entiendo mejor que el dolor purifica y acerca a Dios. Sin duda, este es un mensaje necesario en un mundo que parece que quiere olvidarse de Dios".


 

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