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Relatos de Palestina

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RELATO DE VIAJE

 

Lo recostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en la posada (Lc 2,7)

 

Comenzaba a anochecer. El hombre guiaba por el ronzal al asnillo sobre el que se asentaba la joven esposa. Avistaron, al fin, la venta donde podrían pernoctar; les quedaban por delante todavía otras cuatro noches para alcanzar su destino. Se aproximaron y llamaron a la puerta. Estaban ante una edificación deleznable, mísera, como cualquier otro refugio de viajero, a la orilla del camino, en Palestina.

Bastantes siglos después, Azorín nos recordará el estado lamentable de las ventas que salpicaban otrora la geografía de la meseta castellana: "siempre de aspecto siniestro; colocadas, por lo general -cita al duque de Rivas-, en hondas cañadas, revueltas y bosques". Pues si de esta condición eran nuestros ventorros, ya podemos imaginar la calidad y las comodidades de las antiguas posadas palestinenses.

Dentro, bajo un techado precario, se cobijaban seres humanos y animales. Un arriero maldecía y renegaba por lo del censo:

-Si es que nos quieren llevar cuenta hasta de la respiración. Cada día más tributos, exacciones y gabelas. Nos chupan la sangre esos granujas: ¡ay, el día en que se manifieste el Mesías!

Nada dijo el matrimonio recién llegado. La mirada dulce y modesta de la esposa acabó por apaciguar un tanto al acemilero. Al fin, todos se durmieron. Silencio.

Con la alborada ya estaban de nuevo en camino. Durante esta jornada y las sucesivas conversaron algunos ratos sobre los acontecimientos históricos que evocaban los lugares por donde transitaban. Dejada atrás la llanura de Esdrelón, habían tomado la dirección sur. Sulam recordaba a Eliseo y sus prodigios; Izreel, a la pérfida reina Jezabel; a la entrada de Gilboé, pensaron en Saúl y Jonatán, caídos en combate. Pero, por encima de todo, soñaban con la criatura que iba a nacer, y soñaban en voz alta, y con miradas...

Legua a legua, se distanciaban del dulce paisaje de Galilea e iban adentrándose en el terreno agrio y quebrado de Judea. Divisaron un día las cumbres del Ebal y del Garizín, en tierras de Samaría, y en una hondonada, al borde de la senda, se toparon con el pozo del patriarca Jacob. Se detuvieron para reposar un poco sobre el brocal mismo del pozo. Era mediodía.

Al poco hizo acto de presencia una muchachita -¿nueve, diez años?-, con un cántaro en la cabeza y, en la mano, la soga y el pozal de cuero. Venía, sin duda, de la aldehuela vecina de Sicar. Lanzó el recipiente sin mediar palabra, con mirada furtiva y recelosa hacia aquellos forasteros. Pero el hombre había roto a hablar:

-Danos de beber -pidió con una sonrisa.

-¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí que soy mujer samaritana? -respondió la rapaza, que reflejaba ya en el semblante la madurez precoz de quien soporta una vida miserable.

Sin embargo, tras contemplar el dulce rostro de la esposa, ofreció, sumisa, el recipiente: ¡nunca supo que al cabo de los años volvería a encontrar esos bellos rasgos en el rostro varonil de otro viajero, y en ese mismo lugar precisamente!

Alcanzaron, por fin, a ver la ciudad santa de Jerusalén, pero bordearon la muralla sin entrar, dejaron atrás el caserío y enfilaron hacia Belén, distante el camino de dos horas. Pronto apareció la cuna de David ante sus ojos, abrigada de los vientos, recogida, con su fértil llanada de labrantío: campos paniegos, tierra "de pan llevar"-decíamos antaño-, que le ha conferido el nombre (Beth-lehem, "casa de pan"). La vista era deleitosa. Ya atardecía. Comenzaban a brillar en lontananza las hogueras de los pastores, preparados para pasar la noche al raso, una vez reunidos sus rebaños en los rediles.

Nada más arribar a Belén, qué contrariedad: descartaron cobijarse en la posada -destartalado chamizo- porque estaba a rebosar y no era lugar decoroso para el alumbramiento. Alguien indicó a José que había problemas en todas las casas; quién sabe si no les darían hospedaje en la de...; la habitaba un matrimonio sin hijos y era espaciosa, aunque la consorte del propietario era persona de armas tomar y con un humor un tanto avinagrado.

Llamaron a la puerta. Conversó José con el dueño. Del interior llegó una voz mujeril destemplada, desagradable como un graznido:

-De sobra sabes, Abiatar, que no hay sitio. Que se larguen con viento fresco, y cierra de una vez.

El hombre se sonrojó, bajó la cabeza e informó a los forasteros de una gruta cercana discretamente acomodada para guarecerse. Cuando hubo atrancado la puerta prorrumpió en un lamento:

-Mujer, ella está encinta, a punto de dar a luz...

-Quita, alma de cántaro. Si por ti fuera, vendrían aquí a refugiarse hasta los leprosos.

El replicó:

-Si hubieras visto qué linda es la esposita: una rosa de Jericó. Tiene una dulzura en los ojos...

En plena madrugada unos pastores llamaron a la puerta. Asomó la cabeza el dueño por un ventanuco y les dió razón de dónde encontrarían al joven matrimonio que por allí había pasado horas antes. En el interior, desde un mugriento catre, la mujer de Abiatar -rolliza, mazorral, desgreñada- volvió a gruñir con mal humor:

-¿A qué viene tanto alboroto a estas horas? ¡Ni que hubiera nacido el mismo Mesías!

 

 

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