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Relatos de Palestina

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UN FULANO QUE BANQUETEABA OPIPARAMENTE

 

Yacía sentado a su puerta, cubierto de llagas (Lc 26,2O)

 

 

Eliud había hecho dos jornadas completas, con el carrito y el borrico, para acarrear una buena provisión de nieve desde las laderas del Hermón. Aquella blancura, bien apisonada, estaba aislada de la temperatura exterior por una capa de paja.

El encargo provenía de casa de Epulón, donde había que refrescar en su momento los caldos que de la bodega salían a la mesa del millonario. No eran vinos vulgares, no señor, que, aunque algo llegaba de las viñas de Engaddi -un líquido bermejo y espeso-, lo mejor y más abundante procedía -y sólo Dios sabe a qué precio-de unas parras doradas por el sol de Sicilia.

Al introducir la carga en la casona, no pudo evitar el tener que pasar una y otra vez junto al miserable que, a la puerta, constituía casi un obligado motivo ornamental. No podía faltar en mansión distinguida el correspondiente pobre, a la espera de algún desperdicio del yantar diario. Apenaba a Eliud -hombre con entrañas- ver cómo perros llenos de sarna y de otros parásitos se arrimaban al desgraciado para lamerle las llagas. No se acostumbraba a aquel dolor humano, pero qué podía hacer para aliviarlo.

Dentro era digna de verse la despensa por la excelencia del avituallamiento: carnes en salazón pendiendo de la techumbre y carnes en adobo en sus correspondientes tinajones, sacos de tela a rebosar de límpida harina, hortalizas, banastas de frutas selectas, támaras de dátiles de Jericó -dulzura de miel en el paladar-, odres de trasparente aceite, tarritos de especias en las alacenas...

En la cocina todo era afanarse. Quien extraía un espléndido solomillo de una orza, conservado fresco y jugoso en manteca; quien almendraba los bizcochos recién sacados del horno; quien batía claras o elaboraba almíbares; quien trabajaba finuras de masa y confitura; nada se escapaba a la doctoral mirada del maestresala, que ni por casualidad habría permitido error ni descuido en el condimento o en la presentación del conjunto de gollerías.

En su ir y venir a la bodega, Eliud contempló, por un resquicio de la puerta que daba al comedor, el festín de Epulón y sus convidados. Porque era Epulón un rico sibarita, que, al decir del Evangelio, banqueteaba opíparamente cada día (Lc 16,19). Vestía como un príncipe, a base de blanco lino de Egipto y con la suntuosidad de la púrpura de Tiro, ropa propia de reyes, o de quien la fortuna situaba a nivel casi regio. (Hoy en día le cortarían los trajes en París -Valmain o Dior, pongamos por caso-, mientras que las camisas de seda vendrían de un artesano camisero de vía Condotti).

Puesto que de parábola se trata, poco importa que nos imáginemos su amena y elevada conversación en términos de nuestros tiempos: "Qué bien le va a este roast beef el Magnum de Vega Sicilia, cosecha del 65. No, mira, este "Ribera de Duero" se codea con los mejores Burdeos. Luego probaremos un gran Cavernet Sauvignon con el solomillo. El solomillo, palabra, es pura mantequilla: se te deshace en la boca, y si no, al tiempo".

Una vez depositada la carga y cobrado el jornal, Eliud volvió a pasar junto al pobre Eleazar (nuestro Lázaro). Meneó de nuevo la cabeza con piedad. Aquel desgraciado percibía del interior la música, las danzas y las risas; pero de comer, sólo algún que otro hueso, con escasa carne adherida, y mondas, porque ya se encargaba la servidumbre de no arrojar nada aprovechable.

Ahuyentó Eliud por un instante a los canes, luego puso una monedita en el regazo del mendigo, y, finalmente, emprendió viaje de regreso rumbo a las estribaciones violáceas del Hermón.

 

Murió Epulón, que es propio de la condición humana decir adiós a este mundo, y "disfrutó" de un funeral por todo lo alto, con generoso acompañamiento de plañideras y músicos fúnebres. Tenía dispuesto desde años antes un suntuoso mausoleo, a base de mármoles, recubierto por dentro con maderas nobles -cedro del Líbano, enebro y sándalo-, labradas primorosamente por expertos artesanos con labor de taraceas de nácar, que causó la admiración de propios y extraños.

Le estaban aguardando una nutrida porción de gusanos, determinados a dar buena cuenta del cuerpo en un santiamén, objetivo que cumplieron a las mil maravillas, hasta dejar los huesos mondos y lirondos: manjar suculento, banquete inolvidable.

De su alma no se tuvo noticia en el seno de Abrahán, allá donde los justos esperaban el momento de ir con Cristo al Cielo. Sí se comentó por aquel entonces que Yahvé habría hecho una excepción, permitiendo que Abrahán tuviera una conversación con el ex-rico. Pero fueron rumores sin confirmar.

 

 

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