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Relatos de Palestina
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SE DISCUTE EN LA ERA

 

 

Llegó a Nazaret, donde se había criado (Lc 4,16)

 

Jesús acaba de regresar al hogar, al terruño, a la patria chica de la infancia y juventud, al humilde Nazaret, balconada sobre la llanura de Jezrael. Ha encontrado una buena oportunidad de acompañar unos días a su Madre, tras haber enviado al grupo de Apóstoles a misionar por los campos de Palestina.

Cómo le palpitaba el corazón al divisar en lontananza la querida aldea, y, más aún, al recorrer, una vez arribado, las callejas, al aspirar los olores familiares que impregnan cada rincón por donde pasaba, al percibir los ruidos de siempre -los mismos-: el golpe en el yunque, los chillidos de los rapaces, el gorjeo de las mujeres en torno a la fuente, el chocar de las pezuñas del ganado contra los guijos...; el Nazaret invariable, idéntico, por el que parece no pasar nunca el tiempo.

La llegada de Jesús ha levantado, como siempre, expectación. ¿Como siempre? ¿Es la primera vez que se deja ver entre los paisanos desde que tomó su vida nuevo rumbo, abandonando el taller de artesano para zambullirse en el quehacer de predicador? La pregunta no es ociosa y requiere una explicación.

De acuerdo con el relato evangélico de San Mateo (13,53-58) y de San Marcos (6,1-6), Jesús ha regresado a Nazaret después de haber transcurrido una buena parte de su ministerio público, y el resultado de la visita se podría resumir en pocas palabras: escándalo, envidia, desconfianza; al menos en un sector del paisanaje.

San Lucas (4,16-3O), por el contrario, apunta un mayor número de detalles: la predicación en la sinagoga, el sábado, con favorable acogida en el primer momento: todos estaban admirados de su sabiduría y se hacían lenguas de las palabras de gracia que salían de su boca; luego viene la crítica y el escándalo; al final, podemos observar una reacción de condena y abierta hostilidad, hasta desbordar en rabiosa violencia e intención de apedreamiento.

Cabe pensar que San Lucas nos ha legado un relato más amplio y rico en detalles de la misma y única visita a Nazaret referida por los otros evangelistas; o bien, de acuerdo con algunos sesudos autores, que nos ha informado, de modo condensado -en forma de bloque unitario-, de dos o tres visitas sucesivas, durante las cuales se ha ido produciendo una evolución en el ánimo de los coterráneos; es decir, han derivado desde la simpatía y admiración hasta la ira más desatada, pasando por una etapa intermedia de recelo y envidia.

 

Sea lo que fuere, Jesús está en Nazaret, y es la víspera del sábado en que tomará la palabra en la sinagoga para comentar unos versículos del profeta Isaías. En una de las eras, a las afueras del caserío, un grupo de campesinos sentados en cuclillas sobre el mismo suelo, formando corro, charlotean en animada conversación.

 

El que ahora está hablando es un individuo con cara de ave depredadora -falconiforme, para mayor detalle-, de pico robusto, uncinado, curvado hacia abajo. Si se nos permitiera concretar más, añadiríamos que da la impresión de pertenecer a la subfamilia -dentro de los falconiformes- de los aegipinos, y más en concreto, al tipo de alimoche común o abanto:

 

-Mucho Cafarnaún, Cafarnaún, ¿y su pueblo? Dicen -yo no lo digo- que ha curado a multitud de ciegos, mudos, sordos, cojos, paralíticos y leprosos por toda la Galilea, y que ha alimentado a muchedumbres, ¿y nosotros, qué?, ¿no tenemos, acaso, nuestros enfermos y nuestros pobres? Pero, no, a nosotros ni caso, como si fuéramos basura: es un desagradecido y un desarraigado.

Toma la palabra otro individuo. Este se caracteriza por llevar repitiendo desde hace dos días, como disco rayado, la misma frase, hasta contagiarla a un buen número de conciudadanos, cosa que le produce cierto orgullo (no desea que nadie olvide quién es el ingenioso autor de la máxima, por otra parte, bastante vulgar), y no pierde la oportunidad de reincidir:

-Lo que yo digo: médico, cúrate a ti mismo; que haga aquí cuanto hemos oído que ha hecho en Cafarnaún; eso es.

 

Al "alimoche" le falta tiempo para apostrofar:

-¿Y bodas? ¿No hay bodas entre nosotros, en Nazaret? Pero tenía que ir a convertir el agua en vino -si es verdad, que yo ni afirmo ni niego- a ese villorrio de Caná.

La conversación ha subido de tono por momentos. Los rencores de algunos van aflorando a la superficie, desde las entretelas del alma hasta los labios.

-Y ha dejado sola a su madre. ¿Qué os parece? Claro, quería hacerse famoso, tenía que dar que hablar, se le quedaba pequeña la aldea, como si nosotros no fuéramos nada ni nadie.

El que acaba de elevar la voz es un viejo desdentado, de rostro acecinado y mirar marrullero. De vez en cuando, el personaje se lleva la mano a la cabellera, grasienta y desordenada -una auténtica guarida de piojos-, y se rasca con fruición nada disimulada.

El "disco rayado" no pierde la oportunidad de colocar la frase que todavía considera ingeniosa y resumidora del entero conflicto:

-Lo que yo digo, y no hay quien me apee de ello: médico, cúrate a ti mismo; que haga aquí lo que ha hecho en Cafarnaún; eso es.

-Si es verdad -subraya el "alimoche"-, que lo haga aquí y le creeremos.

Por fin interviene en la conversación alguien que simpatiza con la causa del Profeta de Nazaret, aunque el "apoyo" es algo tímido:

-Jesús es, al menos, un excelente artesano. Si algo puede decirse de El es que todo lo ha hecho siempre bien, muy bien. Ha superado en pericia, y ya es decir, al propio José, que fue inmejorable. Conservo un yugo que es una auténtica obra de arte. Vosotros sabéis, como yo, que cuando unces a los bueyes con uno defectuoso, la madera acaba lastimando a los animales y les produce un continuo tormento, amén de las llagas, fruto de la permamente rozadura, que acaban por infectarse. El yugo de Jesús, en cambio, es suave, suave; perfecto en su género.

Pero ya tercia el "alimoche" para impedir que esa favorable impresión atempere, en parte, el duro juicio que viene alimentando sobre el Rabbí:

-¿Y qué estudios tiene? Ninguno. ¿De dónde le viene la ciencia? Me gustaría saberlo. Es como todos los de aquí, como su parentela, gente humilde, sin letras. Y si es el Mesías -yo no afirmo que lo sea-, que lo demuestre; con milagros; aquí, no en Cafarnaún...

Buena oportunidad de intervenir, que no desperdicia el "disco rayado":

-Es lo que yo digo: médico, cúrate a ti mismo, y ya está; no hay más que hablar.

De repente se produce un silencio embarazoso, porque Jesús pasa junto a la era. Algunos, los envidiosos, le miran con rencor. Otros, como el del yugo, con simpatía. En cuanto se haya alejado unos pasos, el "alimoche" y el viejo sin dentadura volverán a la carga con nuevos bríos.

 

 

 


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