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Relatos de Palestina

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ENTRE LOS DOS

 

 

Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces (Jn 6,9)

 

La madre, inquieta, no aparta los ojos de Efraín, el hijo mayor, un muchachito de apenas diez años: "¿pero que le pasa, Dios mío?", se pregunta. En algún momento ha llegado incluso, en pleno desconcierto, a ponerle la mano en la frente para asegurarse de si no será un proceso febril lo que ha llevado a contar una historia tan fantástica como la que le acaban de escuchar. Además, a esa edad la imaginación puede desbordarse; mentir, no; Efraín es incapaz de una mentira: lo sabe por experiencia.

Hace unos instantes, el jefe de la familia ha procedido a bendecir la mesa: "Alabado seas, Yahvé, nuestro Dios, rey del mundo, que nos has santificado con tus preceptos y sacas el pan de la tierra". Seguidamente, el matrimonio y los cuatro hijos hancomenzado a dar cuenta de la frugal cena. Es ya noche avanzada. La estancia está iluminada por la indecisa luz de una candelilla de aceite.

Se cena en silencio. Cosa extraña, porque esa refacción siempre transcurre entre risas, bullicio infantil y leves peleas de la gente menuda. Hoy, no. Los sucesos de la jornada -los vividos, y hasta cierto punto protagonizados, por Efraín- llevan a los miembros de la familia a adoptar un aire entre pensativo y cariacontecido. Los pequeños intuyen que en esta ocasión "no está el horno para bollos", ni, como diría el castizo, "la Magdalena para tafetanes". Notan el semblante preocupado de los padres. En fin, ya va siendo el momento de pasar a las explicaciones.

Cada tres días -comencemos por aquí-, la madre amasa y cuece unos panecillos en forma de torta, como de unos veinticinco centímetros de diámetro y uno y medio de espesor. Unas veces son de trigo, pero las más suele emplear harina de cebada: el "pan de los pobres", en este segundo caso. Así lo designan el historiador judío Flavio Josefo, allá por el siglo I, y un contemporáneo suyo romano, Plinio, quien considera que en sus días ya casi no se consume, habiéndose convertido en "alimento de animales".

La verdad es que ya lo sospechábamos antes de acudir a tan probadas autoridades. Por estas tierras nuestras, prácticamente identificamos pan con el muy blanco, procedente de la harina de trigo bien cernida (muchos ciudadanos ni siquiera hemos probado el de maíz, la borona, y el de centeno nos resulta todavía más ignoto).

Hemos acudido al experto, y nos ha asegurado -sin pestañear, apodíctico- que la cebada no es panificable, a la par que nos ofrecía tres razones: es pobre en gluten, es rica en grasa en comparación con el trigo, no es fermentable.

Naturalmente, sirve de materia prima para la obtención de determinadas bebidas, como la cerveza, y para la extracción de otros productos, como alcoholes, maltosas y azúcares. Pero, por encima de todo, ha subrayado el entendido, es un espléndido forraje de invierno para las caballerías ("fizo mío Cid posar é cebada dar", etc.).

Séannos disculpadas estas digresiones por el terreno de la alimentación, aunque a primera vista parezcan no venir a cuento, pero es que ese "pan de los pobres" es el que ha elaborado la mujer campesina ayer tarde; y ése, no otro, es el que ha sido enaltecido hoy como pocas veces lo habrá sido el mundo material, la humilde cotidianidad, y ello por obra y gracia de Jesús de Nazaret. Sigamos, entonces, con los hechos.

A media mañana ha enviado a Efraín, con cinco panecillos y dos peces atrapados en el lago por el padre del muchacho al amanecer, camino de una alquería distante cosa de tres quilómetros. La venta habitual de esos alimentos supone para la modesta economía familiar -basada en la agricultura y en algunos trabajos temporeros del progenitor- un refuerzo nada despreciable.

Cuando Efraín ha regresado del encargo, ya había anochecido. Comprendemos la preocupación de los padres. De los labios del chiquillo ha ido saliendo el relato de una sorprendente aventura.

Se desvió del camino habitual, movido por la curiosidad, yéndose tras las gentes que buscaban al Maestro de Nazaret; las horas trascurrieron veloces escuchando a Jesús; nadie se movía; parece ser que hubo un momento de inquietud en los discípulos del Rabbí, al ver a aquella muchedumbre alejada de población y sin bastimentos con que nutrirse...

La madre insta al chiquillo a volver a narrar lo que ya ha contado con pelos y señales.

-Entonces -le interrumpe por enésima vez-, fue cuando ese Felipe te preguntó si te desprenderías de los panes y de los peces...

-No -replica el chiquillo-, ése fue Andrés. Como ya os he dicho, Felipe es quien comentó que con doscientos denarios no alcanzaba ni para dar un bocado a cada uno. Andrés, en cambio, me condujo hasta Jesús, y Jesús me abrazó. Después me aceptó lo que le ofrecía.

Prosigue el pequeño su relato, siempre bajo la mirada intranquila de la madre. El semblante del padre es grave. Los hermanillos atienden con los ojos abiertos como platos.

 

-Jesús, que había mandado acomodarse a la gente en grandes grupos sobre la hierba, hizo la acción de gracias, tal como si estuviera a punto de iniciar un banquete; lo que nadie sabía era de dónde iba a llegar el alimento: ¿comprendéis la expectación?

-¿Tú estabas a su lado?

-Mujer, no le atosigues, déjale hablar.

Efraín responde a la madre y retoma el hilo de la narración:

-Sí, yo estaba cerquita, cerquita. El se había sentado y había colocado los panes y los peces en su regazo. Entonces comenzó a pasarlos a los discípulos para que los distribuyesen. Ellos tomaban, marchaban, repartían y volvían a por más, mientras que en el regazo de Jesús nunca faltaba alimento para seguir dando. Los pobres discípulos acabaron molidos, porque fue una hora de ir y venir y no parar un instante; pero felices, entusiasmados.

Se abre un periodo de silencio. ¿Será posible? ¿Estará contando algo real o serán tan sólo fantasías de niño?

Ahora interviene el padre:

-¿Pero tú qué pensabas en ese momento? ¿No estabas sobrecogido? ¿Es que no temblabas de emoción?

 

-Yo, la verdad sea dicha -responde sereno el muchacho-, al principio no daba crédito a lo que veían mis ojos. Luego comencé a emocionarme; me corría una cosa por aquí -y señala la espalda-; ..a veces me decía a mí mismo: "¡Dios mío, la que estamos armando entre Jesús y yo!"

Nos hace sonreír la ingenuidad del rapaz, al mismo tiempo que nos deja pensativos unos instantes...

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