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Relatos de Palestina

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UN HECHO ESCANDALOSO

 

 

Es sábado y no te es lícito llevar la camilla (Jn 5,10)

 

Ismael no da crédito al denigrante espectáculo que le ofrecen sus ojos en esa apacible mañana, cuando se dirige a su domicilio, próximo a la puerta Probática, en una jornada que ha comenzado esplendorosa y henchida de satisfaciones espirituales:

 

-¡Dios mío, será posible! ¡Será posible, Dios mío!

Ismael, digámoslo cuanto antes, viene de rezar. Hace una hora que ha ascendido la pendiente del Moria, donde se halla la gran explanada del Templo. Tras atravesar el atrio de los Gentiles, ha recorrido el de la Mujeres, para atacar las gradas de la escalinata de mármol conducente al de los Israelitas. Todavía se ha animado a subir algunos peldaños más en dirección al atrio de los Sacerdotes, donde se encuentra el altar de los holocaustos, y allí -en posición elevada- se ha dedicado, brazos en alto, a la plegaria matutina. Detrás -más abajo, por supuesto-, ha advertido la presencia de un miserable publicano a quien conoce perfectamente y con el que procurará no rozarse siquiera.

 

Ismael es un fariseo. ¿Y cómo lo sabe usted? ¿Le conoce? No hace falta ser muy perspicaz para descubrirlo. Nos basta y nos sobra con verle caminar con andar altivo, grave el gesto, anchas las franjas de color jacinto del manto y dilatadas las filacterias o tephillin, es decir, las tirillas de pergamino con palabras de la Ley, cuidadosamente plegadas en cajitas del mismo material y atadas a la frente: ¿quién no admirará todo ese derroche de honda religiosidad, virtud probada y superioridad sobre el resto de los mortales?

 

Con qué gusto ha desplegado ante la majestad divina el conjunto de sus múltiples méritos, mirando hacia el Cielo con ojos de gallina moribunda. Ismael no es, qué va, como los demás hombres: injustos, adúlteros, trapaceros, rapaces, felones, bellacos, perjuros, rufianes, y mil cosas más que no es preciso enumerar, que la cosa está suficientemente clara y para qué vas a criar mala sangre:

 

-Ni como ese publicano.

 

Aquí, el bisbiseo -menos bisbiseo que en otras ocasiones, porque conviene que el publicano se entere bien- se ha transformado en emisión de voz clara y nítida:

 

-¡Ni como ese publicano!

 

Ese villano nos esquilma a los hijos de Abrahán para beneficio de los impuros paganos de Roma. Es una sanguijuela. Yo, en cambio, pago el diezmo de cuanto poseo, faltaría más; y no sólo de fincas y ganados; también de las plantas que cultivo en macetas para el condimento, con fin medicinal, o para dar gusto al olfato: el anís, la menta, el perejil, la hierbabuena y el cantueso. Eso sin omitir los dos ayunos semanales, que me permiten estar ligero como un galgo, ágil y saludable; bastante mejor que ese grasiento publicano, todo pliegues de sebo rancio bajo la túnica.

 

Todavía se ha extendido en otros detalles de los queconviene que Yahvé tome buena nota (y si el publicano se entera, mejor para él, que no hay nada como el ejemplo): la escrupulosidad observada en las abluciones previas a la oración y a las comidas, las múltiples virtudes que practica, y el hecho de saberse de memoria, al dedillo, los seiscientos trece preceptos de la Torah.

 

Y ahora, de repente, según se acerca al barrio de Betzata, qué horrible espectáculo acaba de estropear una mañana feliz:

 

-¿Es posible? ¿Es posible?

 

Un individuo camina tan tranquilo y orondo, en pleno sábado, con una camilla a la espalda. Eso es; tú sacrifícate; tú, mátate; reza en el Templo, cuídate de purificar vasos, jarras y lechos; paga el diezmo hasta del comino..., para esto; para encontrarte con un israelita que desprecia el descanso sabático, tan campante y en plena calle.

 

En cuestión de descanso sabático, los fariseos no se andan con chiquitas. No se pueden arrancar unos higos maduros del árbol ni cortar una espiga de un trigal para desmenuzarla en la mano, porque equivale a cosechar o segar. El ama de casa no empleará en la cocina un huevo puesto por una gallina durante el reposo religioso del sábado (al menos discuten sobre el asunto las escuelas de Hillel y de Shammaí).

Y en cuanto a llevar cargas, prohibido transportar la leche que se toma de un sorbo, o el aceite necesario para ungir una herida, o un trozo de pergamino, o una aguja. Tampoco se permite el trabajo de... ¡apagar de un soplo una candela encendida! Y ahora un hombre lleva una camilla sobre sus espaldas.

A Ismael se han unido otros dos de la misma secta farisea, e interpelan al de la camilla: ¿quién le ha autorizado? No le es lícito transportarla. El hombre les refiere su reciente curación al borde de la piscina de Betzata, pero no sabe darles razón de quién le ha devuelto la salud. Sólo logra informarles de que el acento sonaba a galileo; el porte se diría que era el de un rabino; su mirada, profunda y serena; la voz poseía tal imperio que no había él dudado un instante en obedecerle, y eso que llevaba impedido treinta y ocho años (que se dice pronto). Había bastado que el desconocido le mandara: levántate, coge tu camilla y anda, para ponerse en pie casi de un brinco:

 

-Si me lo hubiera dicho, por ejemplo, uno de vosotros, seguro que me habría echado a reír.

 

Los fariseos no parecen haber captado la impertinencia, o al menos han preferido hacer oídos sordos y no darse por enterados:

 

-La culpa no es suya -comentan entre sí-. La culpa es del que le ha dado la orden. Y se enzarzan en una discusión repleta de distingos y casuística.

 

Al de la camilla poco, o nada, le importan las peroratas de los circunstantes, sus consejos y sermoncillos. Se despide, sin que le presten la menor atención, deseoso de llegar cuanto antes a su casa. Luego subirá al Templo a dar gracias a Dios, y allí se encontrará con quien le ha curado, con el Rabbí de Nazaret. Descubrirá la diferencia entre Alguien que es muy exigente -porque a Jesús nadie le gana a la hora de pedir sacrificios, renuncias y generosidades-, pero que ofrece un yugo suave de llevar, alegre, en vez de una religiosidad hecha de formalismos, tiquismiquis e hipocresía. Va a sentir algo así como una bocanada de límpido oxígeno en medio de un ambiente enrarecido y agobiante.

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