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Relatos de Palestina
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ESPERANZA

 

Levantándose, se puso en camino hacia la casa de su padre (Lc 15,20)

 

Ese hombre maduro, frisando ya los años de la ancianidad, es buen conocedor de males ajenos y de la clase de congojas que atenazan al alma y la van matando poco a poco de muerte lenta. Sabe, por experiencia, que las penas son más suaves -punzan menos- cuando se comparten; que las llagas abiertas y oreadas restañan antes; en fin, que un consejo o una palabra de ánimo pueden obrar maravillas en un corazón atribulado, si llegan a tiempo. Tampoco ignora que las horas de la noche son propicias para provocar la confidencia.

 

-Tú tienes tu historia, lo sé. Hay un mal que te roe por dentro y te consume. Claro que no quiero entrometerme donde no me llaman; es asunto tuyo, no mío.

 

El interpelado es un muchacho. Ambos visten andrajos. Se han acurrucado, en la noche desapacible y húmeda -el relente comenzó a mojar la tierra desde el atardecer-, bajo unos mantos mugrientos, de una suciedad tal que los vuelve como lona alquitranada; milagro será si no se mantienen de pie caso de depositarlos verticalmente en el suelo.

 

Comparten el oficio nada aristocrático de porqueros. Sí, en efecto, su vida, su actividad diaria consisten en apacentar marranos, en velar porque su nutrición sea copiosa y cuidar de su salud hasta que lleguen los días de la matanza, allá por noviembre.

 

El muchacho se ha decidido a hablar:

 

-Tengo una historia, como bien dices, y no me importa que la conozcas. Al contrario, ahora lo necesito más que nunca.

 

Según fluye a borbotones, intermitentemente, como bombeada al ritmo de un corazón que se acelera, pronto echamos de ver que estamos ante una historia de menguada originalidad: se ha repetido hasta la saciedad a lo largo de los siglos, me modo que tenemos la impresión de haberla ya escuchado en otras ocasiones, siempre la misma, aunque ofrezca leves matices y tonos que la diferencian en cada caso.

 

El relato nos transporta a una hacienda espaciosa, habitada por un padre y sus dos hijos. Abundan allí el ganado lanar y los pastos. Hay terreno de cultivo, planteles de vides y de olivar, almendral e higueras, además de otros árboles frutales; lagar donde pisar la uva, así como aceña y almazara donde molturar el cereal y exprimir la aceituna de las cosechas propias. Esa holgura se manifiesta también en el número de jornaleros que, con sus familias, disfrutan de un régimen de vida patriarcal, sin padecer jamás penuria, al abrigo de cualquier contratiempo de orden económico.

 

Pero, así las cosas, el hijo menor -el muchacho metido ahora a porquero- decidió reclamar al padre la parte de la hacienda que le correspondía, para convertirla en dinero contante y sonante. Y se marchó con los caudales a lejanas tierras.

 

-A mí me perdió la imaginación, te lo juro.

 

El joven oía relatar a los mercaderes, que por aquellos pagos transitaban, los mil y un encantos de la vida regalada en países exóticos, y es que la fantasía oriental era capaz de transformar en maravillosos y suculentos circunstancias, hechos y parajes de valor muy relativo. A lo que debemos añadir la imaginación desbordada del oyente, embobado, que ya se contemplaba protagonista de tantas aventuras..., con tal de disponer de los medios de fortuna imprescindibles para disfrutarlas.

 

A partir de ahí la narración nos traslada a cierta ciudad, conmovida por la llegada de un auténtico príncipe, amante del lujo, antojadizo, generoso, estrafalario. ¿Para qué dar repaso a los festines, al acompañamiento de múltiples servidores, a la vanidad de los regalos, a los recorridos por garitos y burdeles? No merece la pena.

 

-Te repito que me perdió la imaginación. Después de permitirme toda suerte de caprichos y voluptuosidades, siempre me quedaba un vacío interior y un hastío de la existencia que llevaba...

 

La hacienda se esfumó sin avisar. Hubo unas semanas de trampeo, de retrasos en los pagos -todavía gozaba de crédito-, hasta que se vio forzado a malvender ropas, alhajas, tapices, y cuantos enseres había adquirido. Aún dejó deudas sin saldar. Despidió al fiel criado que, por encargo paterno, le había acompañado hasta el derrumbe total.

 

-Por él deben estar informados mi padre y hermano. Lo de los cerdos no lo saben; me moriría de vergüenza antes que confesar dónde he caído.

 

El compañero advierte, sin verlo a causa de la oscuridad reinante, que el muchacho llora.

 

-¿Sabes? A veces envidio a los mismos animales, que se hartan de algarrobas, mientras que yo, un ser humano, paso un hambre canina. Hasta he llegado a disputarles esas algarrobas a los puercos, tan insípidas y ásperas como son, pero es que no aguanto más. ¡Cuántos jornaleros en las propiedades de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero!

 

El hombre maduro aguarda un poco, tiene tacto; sabe tratar a un semejante.

 

-¿Podrías volver, no? ¿Quién te obliga a seguir metido en este albañal?

 

-¿Quién? Mi orgullo. Hasta cierto punto. Sobre todo, pienso: ¿Cómo me va a perdonar, si le he abandonado y he dilapidado cuanto me dio? ¿Qué cara tengo para decirle: "padre, perdóname y acéptame de nuevo en casa"?

 

Ahora el compañero va a pronunciar las palabras que domeñan cualquier resistencia -pocas, pero suficientes, certeras-, y pueden abrir una brecha a través de la cual penetra un rayo de esperanza:

 

-Oye, díme una cosa: ¿es o no es tu padre?

 

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