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Relatos de Palestina

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TENACIDAD

 

No me molestes, ya está cerrada la puerta; yo y los míos estamos acostados (Lc 11,7)

 

No suele ser Benjamín hombre de pesadillas nocturnas, antes bien, Dios le ha regalado, en su amorosa Providencia, con una serie de deleitosos sueños, que aparecen y desaparecen casi cíclicamente en sus horas de descanso a lo largo del año. Entre los preferidos se encuentran aquéllos en los que protagoniza gloriosas gestas guerreras al lado del idolatrado rey David; con el gran monarca pelea contra filisteos, amonitas, arameos, idumeos y demás pueblos colindantes. A veces se identifica con Abisay, hijo de Seruyá, el que veló por la vida del rey combatiendo al filisteo de la lanza de trescientos siclos.

Esta noche disfruta de uno de sus sueños mejores; nos atreveríamos a asegurar que es el favorito. David y sus valientes han acampado en las cercanías de Belén, ocupado en ese momento por tropas filisteas. El rey siente una sed agobiante, nota la garganta reseca por la polvareda que el viento levanta, y se acuerda entonces del pozo que se halla a las puertas de su pueblo nativo: "¡Quién me diera de beber de esa agua!"

 

Al instante, tres héroes -Benjamín es uno de ellos- se ponen en marcha, se infiltran a través de las líneas enemigas, llenan de agua un cantarillo en el pozo de Belén y retornan felices ante su jefe. David está emocionado, pero no prueba el tentador líquido, sino lo arroja al suelo como ofrenda a Dios: ¡Lejos de mí, Yaveh, hacer tal cosa! Es la sangre de mis hombres que han arriesgado sus vidas! (2 Sam 23,17). Al terminar la campaña militar, el rey quiere recompensar al fiel vasallo, y envía un emisario a casa de Benjamín; ese mensajero está llamando a la puerta ahora mismo...

 

"¡Por todos los demonios, están llamando a la puerta!", exclama Benjamín, que acaba de despertar sobresaltado y consternado por tan inoportuna interrupción. Sí, alguien golpea. ¿Será posible? Pues es posible. Hay gente que no tiene piedad con un pobre padre de familia, que se ha acostado deslomado después de una dura jornada de trabajo. Pues quien sea, ya puede golpear; se va a desollar los nudillos; como si quiere derribar la casa a patadas, porque Benjamín no se levanta; dale, dale, hasta que te canses.

 

Pasan los minutos, pero el de la puerta no es de los que cejan pronto en el empeño. Es de ésos que diría Santa Teresa que poseen "una muy determinada determinación". ¡Pero cómo taladran los oídos unos porrazos estentóreos en la quietud de la noche! Benjamín se hace fuerte bajo el cobertor con que se abriga. Tapa bien la cabeza, pero nada. El estrépito no disminuye; por el contrario, las llamadas suenan cada vez más apremiantes, obsesivas, como si el de afuera se estuviese impacientando un poco. Incluso, acompaña las llamadas con la voz:

 

-Benjamín, abre. Sé que que me oyes, no te hagas el sordo. Abreme, por favor.

 

También la mujer de Benjamín se ha despertado. El "agredido" reconoce al instante la voz de su "agresor":

-Es Jacob -cuchichea a la fiel esposa-, es el amigo Jacob quien llama. Maldita sea, me las pagará. Como despierte al pequeño, ya tenemos otra noche entera en vela.

Cuando ya no aguanta más, opta por asomarse al exterior por un ventanuco:

-¡Chssst! Por favor, Jacob, no sigas armando ruido, marcha. Vas a despertar a mis hijos. Si se desvela el pequeño, estamos perdidos. Vete, déjanos dormir.

El interpelado aguanta firme, impasible, berroqueño:

-Por favor, Benjamín, yo no te haría una faena como ésta si no me encontrara en un verdadero apuro. Mira, han venido unos parientes de improviso, y tengo que darles cena y alojamiento. Préstame tres panes, y me marcho. Mañana te los devolveré sin falta.

 

Al final, Benjamín, aconsejado por su mujer, que es el sentido común andante, se inclina por lo más práctico. Busca a tientas en la oscuridad los panecillos. Debe moverse con mil precauciones para no provocar un estruendo. La casa, como es habitual en Palestina, es pequeña, mínima. No sólo es vivienda, sino almacén de aperos de labranza, granero, y depósito de los odres de vino y de las tinas de aceite, amén de un conjunto de cachivaches.

 

Una vez los panes en su poder, descorre con el mayor sigilo posible el cerrojo de la puerta; ese cerrojo del que viene afirmando desde hace un año: "hoy mismo lo engraso". Se diría que esta noche chirría a mala idea, amostazado, como queriendo expresar una protesta.

 

-Gracias, Benjamín, ya perdonarás. He acudido a ti porque eres un amigo, con otro no me habría atrevido...

 

No logra terminar la frase, porque el padre de familia ya ha cerrado. No quiere oír más. Mañana le cantará las cuarenta a ese desalmado de Jacob..., aunque sabe muy bien que al día siguiente se le habrá pasado el enfado, y tan amigos como siempre.

 

Y ya tenemos a Benjamín acostado, quien con un suspiro de alivio va a tratar de recuperar el sueño perdido. Lástima que no haya modo de volver a pelear esa noche, codo con codo, con el rey David; nunca vienen -por qué será- los sueños cuando uno los desea; tienen que presentarse ellos por propia iniciativa, o no hay nada que hacer.

Se decide a charlar un rato con su consorte:

 

-No podía más, mujer. Ha llegado ese Jacob a un punto tal que le habría dado, si insiste, hasta un hijo.

 

A la fiel esposa de Benjamín, por asociación de ideas, se le escapa un comentario:

 

-Por cierto, el otro día estuve escuchando a Jesús de Nazaret, que hablaba de oración...

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