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Relatos de Palestina

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PARABOLA DEL BUEN JUDIO


 

 

¿Y quién es mi prójimo? (Lc 10,29)

 

 

 

No se le han pegado las sábanas. El buen judío ha partido de Jerusalén cuando clarea el día y ha tomado enseguida la vía que lleva de modo inequívoco en dirección a Jericó, adonde desea llegar antes del anochecer, contando siempre con detenerse en las horas en que el sol calcina, inmisericorde, al caminante. Monta un robusto jumento, compañero inseparable de sus habituales correrías por la Judea.

 

¿Qué le ha impelido a emprender el viaje? ¿Es un mercader? Sí, el comercio es su ocupación habitual y su medio de sustento -aprovechará la estancia en Jericó para solventar algún asunto del oficio-, pero cierta noticia, tan venturosa como inesperada, le ha animado a ponerse pronto en marcha hacia esa población: un conocido publicano de la localidad le ha anunciado la restitución de unos dineros debidos por algunas tasas cobradas abusivamente en épocas pasadas; "cosas veredes"...

 

El camino, en los primeros tramos, es tranquilo, llanea. Luego se torna en rápida bajada a través de una región desolada, árida -rocas calcáreas, sin agua ni apenas vegetación-, con continuas revueltas y vericuetos, por donde conducirá al asno con el debido tiento. Le consuela el pensamiento de que al final de tanta aspereza encontrará el vergel de Jericó: tierras de sembradío, viñedos, olivares, áloes, higueras, naranjales, limoneros..., y la cobranza de una suma que nunca viene mal.

 

El buen judío avanza calmoso, sin presura. Le llama la atención, como tantas otras veces a lo largo de los años, el color rojizo de algunas rocas -tinte de sangre reseca-, clara señal de su composición ferruginosa. A ratos canta bajito -como entre dientes- algunas coplilla popular, hasta que, de improviso, a la salida de un recodo, se topa con el cuerpo de un ser humano tirado por el suelo, con la vestidura desgarrada -hecha girones-, cubierto de llagas y magulladuras desde los pies hasta la cabeza: no cabe duda alguna de que se trata de una víctima de los salteadores que merodean por la comarca.

 

Descabalga, se acerca al herido. El pobrecillo exhala unos ayes que astillan el alma. Por las pocas palabras que alcanza a pronunciar, enseguida se echa de ver que es samaritano. El buen judío siente una profunda compasión por el pobre individuo. Hombre práctico y resolutivo, acude a las alforjas, de donde extrae su provisión de vino y aceite, e improvisa un remedio casero: el vino es modesto desinfectante, pero detersivo al fin y al cabo, mientras que el óleo posee la virtud de suavizar escoceduras y raspones, aliviando algo de los dolores. De un paño limpio logra fabricar unas vendas bastante aceptables.

Finalizada la cura de urgencia, tiende al maltrecho samaritano, boca abajo, sobre la cabalgadura, y tira del jumento despaciosamente, con sumo cuidado, para no quebrantar más aún al desgraciado (ay, Cervantes bien podría haberse inspirado en esta escena para describirnos al Caballero de la Triste Figura de regreso de algún lance, molido a palos y cantazos, sobre el rucio de Sancho).

Al cabo de una hora divisa una posada, la única del recorrido. Introduce en ella al herido, ayudado por el solícito ventero, y lo recuesta en un colchón pajizo. El samaritano ya se ha recuperado un poco y, entre quejidos, desea dar las gracias a su socorredor:

-¿Por qué has obrado así, sabiendo desde el primer momento que soy de Samaría?

 

El buen judío replica, tras meditar unos instantes la respuesta:

 

-¿Has oído hablar de Jesús de Nazaret? Seguro estoy de que sí.

 

-¿Que si he oído? En mi aldea de Sicar lo tenemos por el Mesías prometido. Pasó entre nosotros unas jornadas hace más de un año.

 

-Pues verás. Al Rabbí de Nazaret le escuché un día cierta parábola, con la que quería ilustrar quién es en realidad nuestro prójimo... Bueno, a mi vuelta te la referiré; ahora descansa tranquilo y no te esfuerces por conversar.

 

El buen judío abandona el aposento. Antes de reemprender su viaje llama al posadero para darle unas instrucciones, a la par que dos denarios de plata cambian de manos:

 

-Cuida bien de él hasta mi regreso. Si te ocasiona gastos superiores, tú ya me conoces; sé que tengo crédito en esta casa: te lo abonaré de mi bolsillo en su momento.

 

El buen judío monta en el borrico, que ha tenido tiempo para descansar y sorber el agua de una fuentecilla, además de haber recibido unos puñados de forraje por parte del dueño. El buen judío marcha alegre y considera cuánto ha significado Jesús de Nazaret en su vida. Lo que no sospecha -¿cómo lo iba a hacer?-es que en Jericó va encontrar al publicano Zaqueo tan feliz y transformado como él mismo: también Jesús ha pasado por su camino para hacerse el encontradizo...

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