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Relatos de Palestina

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Vete y desde ahora no peques más (Jn 8,11)

 

Había ya anochecido. Fuera, en el exterior, todo era quietud, silencio apenas estremecido por el rumor de una fuentecilla que manaba un hilo de agua. En la estancia, contigua a un taller de alfarería, penetrada de olor de arcilla fresca, cochura y leña de horno, la parla de los presentes era animada y gustosa. Los discípulos se engolosinaban, como siempre, con la escucha de los relatos del Discípulo.

Algunos se los sabían casi -y sin casi- de memoria, pero poco les importaba volverlos a oír, con el gusto que se pone en lo relativo a asuntos queridos. Por ejemplo, cuántas veces se habían interesado por el día en que dio comienzo su intimidad con el Maestro, a las cuatro de la tarde, junto a la desembocadura del Jordán, en un paisaje que era todo un gozo de terebintos, adelfas, mimosas, herbazal y helechales, en contraste con la tierra reseca y abrasada del cercano desierto. Tampoco les cansaba el relato, denso de emoción, de la noche en que el Maestro había lavado los pies de los que estaban celebrando el banquete pascual.

En esta coyuntura la conversación había recalado en recuerdos de instantes dichosos: la fiesta de las Tiendas transcurrida en compañía del Señor.

 

-¿Sabéis cómo se disfrutaban esas jornadas? No, claro, eso no lo habéis conocido.

 

Lo sabían, pero no estorbaban la narración. A los cinco días de la Expiación -del Kippur-, Jerusalén y sus alrededores estallaban en un festejo henchido de colorido y regocijo popular. Daba comienzo el quince del mes de tishri (octubre) y se prolongaba por espacio de una semana. Era recuerdo de los cuarenta años de éxodo por el desierto, bajo la protección de Yahvé, camino de la Tierra Prometida, además de acción de gracias por las cosechas y de rogativa para obtener la lluvias otoñales; es decir, la prosperidad.

 

-Queríamos volver a la vida del desierto. Fabricábamos tiendas por todas partes: en plazas, azoteas y huertos; en las viñas y en las laderas del monte del Olivar.

 

Las tiendas o tabernáculos eran de sencilla manufactura. Bastaban unas estacas horquilladas, unos palos trasversales y algo de carrizo y ramaje.

 

-La nuestra estaba en la finca de Getsemaní. Qué anocheceres más agradables, junto a la fogata, de charla con el Señor. Acudían de las tiendas cercanas a sumarse a nuestra conversación.

 

El Discípulo llegaba, al fin, al objeto central de su narración.

 

-Una mañana, bastante temprano, el Señor había subido al Templo. Se había formado un buen corro en torno a El, allá donde la puerta que llamábamos de Nicanor, para escuchar sus enseñanzas. De pronto, se abrieron las líneas que formaban varios anillos humanos, y un grupo de escribas y fariseos empujaron a una pobre mujer, hasta tirarla por el suelo a los pies de Jesús. Pena daba contemplarla, con los cabellos y la ropa en completo desorden, con una mirada de terror y de vergüenza en los ojos... ¿Qué era aquello? ¿Qué podía significar esa interrupción tan inoportuna como violenta?

Los presentes estaban atentos a los labios del Discípulo, como embobados; eso, ¿a qué se debería aquel alboroto?

 

-Pedían al Señor que juzgase. Se trataba de una mujer sorprendida el día anterior en flagrante delito de adulterio. En vez de presentarla ante el Sanedrín, habían tenido la miserable ocurrencia de guardarla para que decidiera de su suerte el Señor. ¿La apedrerían o no? Según la Ley, sí. El, ¿qué decía? Ya comprendéis la clase de trampa que habían urdido.

 

El Discípulo pasaba a explicar los pormenores de la comprometida situación.

 

-Pero Jesús callaba. Ni les miraba. Se puso a escribir con el dedo en el suelo. Pienso que no era algo preciso: tan sólo garabatos, dibujos, nada. Simplemente, se desentendía de lo que le planteaban. No les prestaba atención. Pero ellos, dale y dale con sus insistencia: ¿qué hacemos­? ¿hay que lapidarla? Me parece que consideraron que lo tenían acorralado y trataba de ganar tiempo; que buscaba una respuesta y no la hallaba. No había que darle tregua, sino urgirle a contestar cuanto antes.

Entonces intervino uno de los oyentes, que esperaba impaciente el desenlace de aquel compromiso:

-Ya, ¿y qué hizo?

 

-Pues, al final, dejó de escribir, se incorporó, miró a los acusadores, con ojos que taladraban, y solamente dijo esto: El que de vosotros esté sin pecado que tire la piedra el primero. Se inclinó, acto seguido, y continuó escribiendo en la tierra. Hubo un minuto eterno de silencio embarazoso por parte de unos y de expectación por parte del resto. Nadie respiraba; al menos, eso parecía. Hasta que, uno a uno, disimuladamente, los acusadores fueron desapareciendo de la escena.

Quedaron solos en medio del corro Jesús y la mujer. ¿Y sabéis qué sucedió entonces? Pues Jesús habló a la adúltera con mucha misericordia. Preguntó por los denunciantes, que se acababan de esfumar. ¿Ninguno te ha condenado?, preguntó. Y añadió: Tampoco yo te condeno; vete y desde ahora no peques más.

El Discípulo pensaba que antes de poner punto final al relato convenía añadir algún comentario:

-No es que aprobara la conducta de la mujer, porque bien le había indicado que no pecara más en adelante. Sucedía que le concedía una nueva oportunidad. Venía a decirle: "Tendrás otras oportunidades". Eso es lo importante; no tanto lo pasado cuanto lo por venir. ¿Qué sería de nosotros sin esas nuevas oportunidades? ¿Comprendéis, verdad?

 

 

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