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Relatos de Palestina

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LLANTO

 

 

Se enterneció en su interior, se conmovió (Jn 11,33)

 

Los usos sociales arraigados son como son y tenemos por lo general que amoldarnos a ellos, tanto si nos convencen plenamente como si preferiríamos que fueran distintos. Por tierras palestinenses el difunto recibe sepultura cuanto antes -el mismo día del fallecimiento, de ser posible-, una vez lavado, embadurnado con aromas y fajado con vendas y lienzos, pero el duelo se prolonga durante varias jornadas. Qué le vamos a hacer, así están las cosas, hay que aceptarlo. Sabes que, cuando te toca, tendrás el deber ineludible de atender a multitud de gentes que, en continuo peregrinar, harán acto de presencia en tu casa.

Ahí tenemos a las dos hermanas del finado, en el interior de la vivienda familiar, sentadas sobre alfombras, veladas las cabezas, recibiendo palabras de condolencia. Llegan bastantes personajes desde Jerusalén, porque el bueno de Lázaro era varón principal, conocido y estimado en todo el contorno. Entre la caterva de arribados distinguimos los simples conocidos, los de mero compromiso y las auténticas amistades. Nos consta que las hermanas echan en falta la presencia de Alguien a quien consideran el mejor amigo de la familia, el que les traería el mayor consuelo. A veces se han acercado hasta los límites de la aldea para otear desde allí su posible venida, porque en el fondo del corazón presienten que ya es inminente; tienen, incluso, encargados de darles aviso en cuanto se sepa algo del regreso del Amigo.

 

Ahora, aparece en la estancia un renombrado hombre de negocios jerosolimitano, con quien Lázaro tuvo frecuentes tratos sobre ganado lanar. Saluda ceremonioso a las hermanas y prorrumpe compungido:

 

-Parece mentira. Un hombre tan joven y tan saludable. Quién me lo iba a decir. Casi tengo la impresión de estarle viendo, lleno de vitalidad y con ese señorío que le caracterizaba. En fin -mueve la cabeza con gesto de desolación-, se van los mejores y quedamos nosotros.

 

Después le toca el turno a un sacerdote que sirve en el Templo. Este se siente obligado a pronunciar un largo panegírico en torno a las virtudes y méritos del fallecido, con la suficiente emoción como para lograr humedecer, una vez más, los ojos de las dos jóvenes.

 

Comparece enseguida un tercero, y de nuevo tenemos que volver a escuchar la cantinela de: "parece mentira", "si no hace ni cuatro días que estuve con él", "no me acabo de hacer a la idea de que nos ha dejado para siempre"... En nuestro fuero interno admitimos que no nos asiste ningún derecho a criticar este conjunto de frases hechas, de tópicos y de retórica funeraria, porque nosotros mismos, sin ir más lejos, hemos pronunciado esas palabras -idénticas, sin pizca de originalidad-, y también nos hemos quedado un rato contemplando el suelo con mirada estúpida y sensación de estar allí de más, pero sin atrevernos a desaparecer.

 

Optamos por salir un rato al exterior. Al resguardo de los rayos solares, pegados a un tapial lindero con la casa, reconocemos a dos escribas. Ambos mordisquean unas tortas pringadas de miel y sostienen en la mano derecha sendas copas de vino. La hospitalidad oriental obliga a ofrecer en estas ocasiones un refrigerio a cuantos se presenten. Algo nos llega de su conversación, aunque nada hacemos por estar pendientes de las palabras.

 

-Si tanto le amaba, digo yo que debería haber venido inmediatamente. Y si es capaz de hacer milagros, ¿por qué no evitó que falleciera?

 

El compañero contempla la torta a medio engullir, se lleva la copa a los labios y trasiega un buchecito de vino.

 

-Por lo que contó el mensajero que enviaron las hermanas hasta el otro lado del Jordán, se le ocurrió decir algo así como: esta enfermedad no es de muerte. Como lo oyes, Zacarías, como lo oyes. Para que luego venga por ahí dándose aires de profeta: ¡valiente profeta!

 

Decidimos regresar al interior de la casa, disgustados por esa cháchara, y casi nos tropezamos con la hermana mayor. Alguien -lo sabremos después- ha comunicado a Marta que el Maestro está a las puertas de Betania. Al poco Marta reaparece y cuchichea algo al oído de María. La menor se levanta de inmediato. Nos decidimos a seguirla a unos metros de distancia, junto con el resto de circunstantes, convencidos de que se dirige al sepulcro a llorar por su querido Lázaro. Quizás necesite unas palabras de consuelo. Pero no; va al encuentro de Jesús de Nazaret, a quien vemos con sus discípulos habituales a la entrada de la población.

 

María se postra a los pies del Maestro y exclama entre sollozos:

 

-Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano.

 

El hondo dolor de María nos ha puesto el corazón en un puño, de modo que tampoco nos sentimos capaces -ni lo deseamos- de aguantar las lágrimas que nos nublan la vista. Al mismo tiempo observamos que Jesús está conmocionado, con un estremecimiento interior que fluye de lo más profundo de su ser. Enseguida pregunta el Maestro dónde han puesto a Lázaro, y nos encaminamos con El hacia el lugar de la sepultura.En el trayecto advertimos que sus ojos se han arrasado en lágrimas: cómo le amaba, comentamos entre nosotros.

 

Podríamos seguir el relato de lo acontecido este día en Betania, dando fe del hecho grandioso que acaece al llegar al sepulcro: nunca hemos contemplado nada tan espectacular como la vuelta de Lázaro al mundo de los vivientes, obediente a la voz de Jesús. Pero hay algo que todavía nos ha impresionado más

-somos así, qué le vamos a hacer-, y es la emoción del Señor.

 

Ya posteriormente nos ponemos a analizar los sucesos. ¿Le ha hecho sufrir el dolor de Marta y María? Sin duda. ¿Le ha conmovido la cercanía del amigo, convertido en cadáver hediondo, aun a sabiendas de que pronto recobraría la vida? Cierto. ¿Se une a estos sentimientos una impresionante vivencia de la propia muerte, ya cercana? También cabe. En definitiva, al margen ya de explicaciones, lo que más nos ha llamado la atención es el llanto del Hijo del Hombre, que es el Hijo de Dios. ¿Cómo olvidarlo nunca?

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