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Relatos de Palestina

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UN AROMA INDELEBLE

 

 

La casa se llenó de la fragancia del perfume (Jn 12,3)

 

En la minúscula cocina, una joven mujer va distribuyendo con destreza los objetos que acaba de limpiar; copas, jarras, fuentes y tarros vuelven a reposar en vasares y anaqueles. Luego pone a buen recaudo, en un arcón, los trozos de pan candeal sobrantes -envueltos en tela de blanco lino para su mejor conservación- y algunos pedazos de queso de oveja. Finalmente, recoge con sentido del aprovechamiento las migajas que han quedado esparcidas por aquí y por allá; mañana serán alimento de gallinas y polluelos.

Suena un bronco portazo, se escuchan pasos precipitados de alguien que abandona la vivienda. A través del ventanuco llega a reconocer a Judas. Advierte turbación en su semblante e, incluso, capta algunas palabras murmuradas entre dientes, que saben a despecho y a rencor.

En el mismo momento en que vuelve la mujer a la interrumpida tarea, se abre la puerta y penetra su hermana, algo excitada, arrebolado el rostro, resplandeciente la mirada. Y con ella hace también acto de presencia una vaharada de perfume de nardo.

-¿Qué está pasando, María? Acabo de ver a Judas dejar la casa como un demonio. ¿Y este olor? ¿Qué ocurre aquí?

-Luego te lo contaré. Ten un poco de paciencia.

 

Toma María, la recién llegada, una vasija con agua y regresa como una exhalación a la sala del convite.

Una hora después -Jesús y los suyos hace rato que han partido para la quinta de Getsemaní, en el monte de los Olivos, donde pernoctarán-, reina el silencio en el hogar de Lázaro. Las hermanas se han acostado en su aposento sobre esteras, bien abrigadas, pues el día primaveral ha dado paso a una noche un tantico fresca. Fuera, en el exterior, todo está también sosegado y en plácida quietud: recogido el ganado en establos y corralizas, atrancadas las puertas de las casas; no se ve un alma por las callejas de Betania.

 

-María, lo sé todo, me lo ha contado Lázaro. Pero me gustaría que me lo refirieras tú misma, sin omitir detalle.

 

María no se hace de rogar, y va narrando "de pe a pa" lo acontecido ese atardecer en casa de Simón el leproso, donde ambas muchachas han aportado su pericia mujeril al éxito de un improvisado banquete en honor de Jesús, recién venido de Jericó para celebrar la Pascua.

 

-¿Que de dónde me vino la idea? Muy sencillo. Me acordé de lo que hizo aquella mujer pública en Galilea, cuando ungió al Maestro con perfume y regó sus pies con lágrimas de arrepentimiento... Entonces tomé el pomo de bálsamo de nardo -el que me trajo de Jerusalén Lázaro el mes pasado- y lo derramé sobre el Maestro. ¿Sabes?, tenía y tengo como un presentimiento de que algo malo le va a suceder, de que nos lo van a maltratar de un momento a otro. El mismo ha pronunciado unas palabras misteriosas, que nada bueno auguran: dejadle que lo emplee para el día de mi sepultura; como si estuviera anunciando la proximidad de su muerte...

-¿Lo has derramado entero?

-Sí, rompiendo el cuello de alabastro de un golpe, y ha salido el perfume al instante. Me hace gracia ahora recordar lo que Lázaro me había dicho el día en que lo compró: que bien administrado, gota a gota, duraría años. Ya ves lo que ha dado de sí, pero estoy feliz.

-Entonces ha sido cuando has provocado la cólera de Judas.

-Sí. Se puso a despotricar como si el bálsamo fuera suyo, o como si le hubiésemos robado su dinero. Parecía sufrir más que si le estuvieran desollando vivo. Y decía que el perfume se podría haber vendido por trescientos denarios. No valía tanto, pero él tenía que dar la sensación de que el despilfarro había sido de ese calibre.

-Y el Maestro ha salido en tu defensa.

-Pidió que me dejaran en paz. Judas se calló, pero me miró con un odio...

 

Marta contempla desde su posición en la estancia, por la ventana, la luna casi llena, luna de Nisán. Permanece callada un instante y, al fin, comenta:

-No es la primera vez que te defiende. Ya en otra ocasión dijo que tú habías escogido lo mejor. Oye, mira, no me gusta nada ese Iscariote. A ti tampoco te ha caído nunca bien. Digo yo que no es como los otros. Por ejemplo, Simón Barjonás es rudo, acostumbrado a dar órdenes, impetuoso; Tomás es todo lo cabezota que puede ser un galileo, pero es valeroso y noble; Natanael, un pedazo de pan, un bendito de Dios; Juan, el de Zebedeo, tiene su geniecillo, pero es cariñoso con todos, y es el más querido del Maestro; me consta que la Madre de Jesús lo adora...

Hace una pausa y continúa como quien piensa en voz alta:

-Todos tienen sus defectos y sus ambiciones. Pero el Iscariote es de otra pasta. Diría que tiene madera de traidor. Pienso -y que Dios me perdone si soy injusta- que sería capaz de vender a cualquiera por dinero o por rencor. ¿Has visto cómo le brillan los ojos cuando acaricia las monedas?

 

Ahora interviene Marta, algo agitada:

-¿Crees que sería capaz de traicionar al Maestro?

-No sé. Me vienen a la mente las palabras de nuestro rey David: si me hubiera ultrajado mi enemigo..., mas fuiste tú, mi compañero, mi familiar, mi amigo, con quien me uniera dulce trato... Bueno, vamos a dejarlo, que estos pensamientos me ponen triste.

-¿Sabes, hermana, qué dijo el Maestro cuando salió en mi defensa? Que de lo sucedido hoy se hablará en todas partes del mundo dondequiera que se predique su evangelio -y María ríe conla ingenuidad de una niña, entusiasmada-. ¿Te imaginas que dentro de cien años todavía se cuente lo que ha ocurrido esta tarde en Betania?

-Ya. ¿Y por qué no dentro de dos mil? Anda, soñadora, vamos a dormir. ¡Cien años! ¡Pues no dice nada la niña!

(Al concluir estas líneas, queremos imaginar que María y Marta intercambian una mirada en el Cielo. ¡Dos mil años, Dios mío! No han bastado veinte siglos para extinguir el delicioso aroma esparcido en Betania: tanto vale lo que se derrama generosamente en honor de Cristo).

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