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Relatos de Palestina

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A PROPOSITO DE INOCENTES

 

Mandó matar a todos los niños de la comarca, de dos años para abajo (Mt 2,16)

 

El grupo avanzaba sin especiales prisas. ¿Quiénes lo integraban y de qué condición eran? Tres señores de porte distinguido, caballeros en recias cabalgaduras, y un discreto séquito de pajes, palafreneros y guías con sus correspondientes bestias de carga. Si el viandante se topaba con los viajeros, sin dificultad averiguaría que se hallaba ante gentes venidas de tierras lejanas: la lengua en que se expresaban, las vestiduras de señores y siervos, el enjaezamiento de los caballos y los arreos de las acémilas, todo tendría para él la fuerza de atracción de lo pintoresco y exótico. "¿Vendrán de Persia?", podría aventurar el ojo algo experto en extranjerías. Sobre el nivel social de los señores no haría falta mayor capacidad de adivinanza.

 

Tras sortear un alcor, el camino iniciaba un ligero descenso hacia la planicie surcada por un riachuelo: un brillo de frescor entre roquedales. La ciudad de Jerusalén hacía varios minutos que estaba bien a la vista. Se detendrían a reposar el breve espacio necesario para que personas y animales saciaran la sed en el regatillo.

 

Surgió entonces de un recodo un campesino de edad madura, con la piel, acartonada y morena, quebrada por hondos pliegues. Una orden de los señores y el recién aparecido ya era cortesmente invitado a comparecer en su presencia, para intercambiar unas palabras a través de intérprete.

 

-¿Rey de los judíos? Verán sus señorías: nosotros rey, lo que se dice rey, no tenemos, no señor. Trataré de explicarme lo mejor que sepa si tienen paciencia conmigo, que soy hombre de lengua suelta pero limitado en los conocimientos y poco ducho en la expresión. En realidad -prosiguió-, nuestro rey siempre ha sido nuestro Dios, el único Dios verdadero, y así hemos pasado muchos años sin meternos en monarquías.

Pero hubo un tiempo en que nos empeñamos en ser gobernados por reyes, como nuestros vecinos, y lo solicitamos con tanta insistencia que Dios acabó por otorgárnoslos. ¿Que si nos ha ido bien? Pues, verán, según y cómo. Sin monarcas difícilmente habríamos dejado de ser un conjunto de tribus -doce, para ser exactos-, y no habríamos alcanzado la convicción de formar parte de un pueblo, ¿me explico? Aunque tampoco es que hayamos avanzado mucho en este terreno...

 

El rústico se expresaba con bastante propiedad y los forasteros escuchaban complacidos.

 

-¿Que si hubo buenos reyes? Pues habrán de saber sus señorías que todo un poco, abundando más la cizaña que el trigo limpio. Al principio, no crean, bien. El primero fue Saúl. Después vino David: un cachorro de león. No ha habido otro como él, aunque tuvo sus cosillas... Le siguió Salomón, el sabio, habrán oído hablar... Aquí vino el mayor esplendor de nuestra nación, pero era hombre que gustaba del brillo. ¿Saben lo del harén? Pues yo se lo cuento si tienen paciencia para atender.

 

Era evidente que disfrutaban con la cháchara del campesino, reforzada con dichos, refranes e imágenes muy del gusto del país.

-... Y se dejó embaucar por aquellas extranjeras, qué sé yo, fenicias, hititas, moabitas, idumeas; de todos los pelajes. Acabó por dar culto a Moloc y a Astarté. ¿Qué les parece?

 

Todavía prosiguió un buen rato la narración del lugareño. Dio un buen vistazo a la historia de Israel, pasando por la división del reino, la cautividad de Babilonia y el regreso. Se entusiamó con los Macabeos:

 

-¡Qué raza de hombres! De ésos ya no quedan, no señor. Y ahora, ¿saben ustedes?, tenemos a Herodes. ¿Pero creen sus señorías que "eso" es un rey?

 

Le tocaba el turno al viejo y taimado Herodes, que debía el trono a los apaños con los romanos y a su natural sanguinario.

 

-¿Rey de Israel? Rey, lo que se dice rey, ése será el Mesías, y nadie más.

 

Pusieron una moneda de oro en su mano. El cuño era extranjero pero el oro es oro en todas partes, y el campesino marchó feliz tanto por los servicios prestados como por la recompensa generosa e inesperada.

 

Pocas horas después, en el palacio de Jerusalén despedía Herodes al grupo de pontífices y escribas llamados a consulta. La respuesta había sido clara y unánime: Pero tú, Belén, Efratá, aunque eres pequeña...

 

A los dos días, el rey Herodes conversaba con un consejero de plena confianza:

 

-De acuerdo, es una salvajada, lo sé. Pero, escucha: en Roma, lo sabes perfectamente, se matan las criaturas antes de nacer; basta una pócima, un brevaje. Sí, en la civilizada Roma, en la nobilísima Roma, en la excelsa Roma; allí las leyes permiten esas bellaquerías. ¿Sabes lo que te digo? No espero pasar a la historia por haber degollado docena y media de inocentes.

 

 

 

 

 

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