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Relatos de Palestina

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EL TRONO DEL REY

 

 

Responded que el Señor tiene necesidad de él (Mc 11,3)

 

Quién le iba a decir al bueno de Jonatán, el día en que lo vio nacer a la luz de un candil en el tibio establo de Betfagé, que ese animalejo le reportaría tantas alegrías.

Cuando viene a este mundo un diminuto ser humano, no es raro que los padres tejan -si no lo han hecho ya con anticipación- todo un conjunto de novelas maravillosas, heroicas, románticas, triunfales..., que protagonizará la criatura en cuanto tenga tiempo de mostrar su valía. Sobre este pollino -porque borrico era el recién nacido- no hubo, naturalmente, mayor gasto imaginativo. El dueño experimentó la satisfacción de comprobar que su humilde hacienda acababa de incrementarse con un bien bastante preciado, y en eso quedó todo.

El jumento es animal trabajador, parco en la alimentación -puede salir adelante muchos días, a falta de forrajes selectos, con unos hierbajos y unos cardos-, tenaz, manso, por lo general dócil, aunque si se pone terco -si se pone "burro", diríamos-, no hay quien le supere en cabezonería. No enferma casi nunca y, si lo cuidas, se te planta en los cincuenta abriles, que ya es dar de sí.

El borrico de nuestra historia se llamaba "Lucero". Era nombre que le sentaba que ni pintiparado. Cuando oía ese apelativo en boca del amo, alzaba enseguida las orejas y ponía cara de reconocimiento para quien le cuidaba.

¿Que cómo era "Lucero"? El día en que entró en la historia por la puerta grande era todavía muy jovencillo. Las orejas de buen tamaño. El pelaje pardo negruzco, pero tirando a grisáceo en el vientre, parte interior de las extremidades y hocico. La línea del dorso casi recta, como corresponde a los de su condición. La grupa corta y recogida. Gordezuelo de panza y robusto de remos (para su edad). La mirada bastante espabilada.

 

El día en que entró en la historia por la puerta grande las cosas ocurrieron como ahora se referirá. Alguien fue a dar aviso a Jonatán de que dos desconocidos andaban desatando la cuerda que unía a "Lucero" y la madre a la argolla de su casa. Hubo un breve diálogo entre los recién llegados y el propietario de los animales. En cuanto fue noticioso Jonatán del fin para el que pretendían emplear al jumento, se le dibujó una amplia y cordial sonrisa en el rostro.

 

-Los amigos de Lázaro de Betania son mis amigos. Y tratándose además del Maestro de Nazaret, ya me diréis, ¿no?

 

Jonatán hizo valer sus amplios conocimientos en materia de "burrología" con el siguiente consejo:

-Llevaos, por supuesto, a la madre, porque a "Lucero" no lo ha montado nadie hasta la fecha; no está hecho a la carga, e irá más confiado si nota que le acompaña la madre. Con que me lo devolváis al atardecer, basta y sobra, y nos os preocupéis de más.

Uno de los enviados dio una recia palmada en la espalda a Jonatán, con la rudeza característica de un galileo, pero con simpatía, y aseguró:

-Descuida. Antes de que anochezca estarán aquí.

 

Al cabo de unos minutos Jesús fue a sentarse sobre "Lucero". Simón Barjonás había tenido el buen detalle de colocar su manto a modo de gualdrapa por encima de la cabalgadura. Los dos Zebedeos, Juan y Santiago, insistieron -cosas suyas- en caminar uno a la derecha y otro a la izquierda del Maestro. Se formó de inmediato un pequeño cortejo con los que le habían acompañado desde Jericó, a los que se sumaron unos cuantos de Betania, y posteriormente vinieron a añadirse grupos de peregrinos de Galilea y de Perea. Y enseguida explotó el entusiasmo de aquellas gentes, porque comprendieron el gesto de Jesús. ¡A ver quién no lo iba a entender! ¿Quién no había escuchado al profeta Zacarías: No temas, hija de Sión. Mira a tu Rey, que llega montado en un pollino de asna (Zac 9,9)? Bastó que uno captara el sentido de la acción para que corriera de boca en boca.

Cuántos hosannas, cuántos vivas, qué emoción en los rostros, cómo enronquecían las gargantas. Siglos de espera de este día. El camino por el que transitaba "Lucero" estaba tapizado por los mantos que el paisanaje depositaba en el suelo. Unos arrancaban ramos de olivo, otros palmas, los de más allá se aprovisionaban de terebintos y arrayanes; el caso era tener algo en la mano con que poder acompañar rítmicamente los gritos y manifestar el regocijo.

Nos ha gustado la observación de un autor sobre la prontitud con que se formó el cortejo triunfal hacia Jerusalén. Es hombre que ha pateado el terreno, ha convivido con los lugareños, se ha familiarizado con la mentalidad, los usos y costumbres de los orientales. Nos explica la capacidad de entusiasmo y de improvisación de festejos por aquellas tierras, en contraste con la mentalidad europea (sobre todo la suya, pues procede del área germánica): aquí, haría falta convocar a los asistentes a través de la prensa y de la radio, constituir comités, proceder a la organización del acto... En Jerusalén corrió la voz de la llegada de Jesús como reguero de pólvora e, inmediatamente, salieron grupos a sumarse al que se acercaba, para entrar todos juntos en la ciudad con cánticos y gritos de júbilo.

Al anochecer, "Lucero" ya estaba de vuelta en el arrabal de Betfagé. Derrengado, eso sí, porque la falta de práctica y la aspereza de algunos tramos del camino le habían dejado muy molido. Jonatán no cabía de orgullo dentro de su túnica, parecía ir a explotar de un momento a otro. Recibió un abrazo del discípulo de Jesús que se ocupó de la devolución del borriquillo y unas palabras de gratitud del Maestro.

-Dale -insistió el discípulo- una buena ración de avena. Se la ha ganado. Y agua bien limpia del pozo.No se descuidó el dueño. Si fuéramos poetas, casi nos atreveríamos a insinuar que esa noche vino un ángel del Cielo, de parte del Todopoderoso, a dar a "Lucero" unos puñados de avena y unas palmadas en el lomo. No; se encargó de ello Jonatán. Pero -al margen ya de poesías-, más de un "borrico" humano habrá recibido la caricia del ángel por los servicios prestados al Maestro. De eso sí estamos seguros.

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