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Relatos de Palestina

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DE NOCHE

 

 

Después de tomar el bocado, salió enseguida. Era de noche (Jn 13,3O)

 

 

Nos llama enseguida la atención el individuo que sigue al grupo a prudente distancia, y se detiene en cada esquina de las complicadas y angostas vías para otear desde allí a quienes le preceden, avanzando cuando los otros progresan, a fin de confundir sus propias pisadas con las de ellos, o acolchando sus pasos con el sigilo característico de los felinos. La noche de plenilunio permite moverse con soltura en medio de una relativa oscuridad. Reina el silencio por doquier; cada familia se ha recogido en el hogar para la celebración religiosa. Pero el espía siente en su interior el latir brusco del corazón, a veces a la altura de la boca, como un ruido capaz de delatarle.

 

Llegan hasta el espía palabras y frases sueltas procedentes de los seguidos. Por ejemplo, percibe que alguien se refiere al canto del gallo, mientras que una voz se alza con acento de protesta y pronuncia el verbo morir, y a ésta se unen otras aseveraciones, no menos vehementes, del resto.

 

Descienden desde la zona alta de la ciudad en dirección a la muralla y recorren la complicada red de callejuelas de los barrios altos, retorcidas y apeldañadas. Atraviesan el de Siloé, abandonan el recinto fortificado por la puerta de la Fuente. Ahora el camino es en bajada abrupta conducente hasta el torrente Cedrón -el de la aguas turbias-, después asciende por la ladera del monte de los Olivos. En ese tramo del recorrido, el espía acecha con mayor cautela todavía: ora se guarece tras este o aquel roquedal, ora se cubre de la vista de los otros al abrigo de zarzas, matojos y arbustos canijos.

La comitiva se ha detenido en el lugar que el espía ya había supuesto. Se trata de una finca de olivar, con una almazara para la producción del aceite. Posee la propiedad un nombre tan pegado al terreno y sin concesiones a la imaginación, como es el de "Getsemaní", es decir, lagar de aceite. Se escuchan unas breves instrucciones del personajeque indudablemente detenta la autoridad, y el grupo se divide. Cuatro se adentran en la foresta plateada bañada de una luna fría, mientras que la porción más numerosa permanece a la puerta con la clara intención de pasar ahí mismo la noche, durmiendo a pierna suelta sobre el santo suelo.

 

El espía se retira satisfecho; no es que le preocupe gran cosa hacer frente, con las fuerzas de que dispone, a una docena de hombres; lo que le tranquiliza es comprobar que todo va a resultar más fácil con esta fracción. Cuando llegue el momento de actuar, habrá disminuido el riesgo de confundir a las personas.

 

Ahora el espía ha llegado a las inmediaciones de la ciudad. En un lugar protegido de miradas inoportunas, le aguarda una pequeña hueste de gente pertrechada con tan desigual armamento como espadas, navajas y simples garrotes. Mezclados andan por ahí los legionarios contratados para el caso (entiéndase bien lo que quiere decir "legionaros" en Palestina: tropa mercenaria, compuesta por sirios, idumeos y beduinos; no la flor y nata del ejército romano).

 

Al espía casi le da por echarse a reír. Mira con desdén a aquella heterogénea y poco aguerrida mesnada, numerosa, pero compuesta por hombres temerosos, invadidos por el recelo de ia al encuentro de un Taumaturgo, quién sabe si capaz de aniquilarlos con sus fuerzas misteriosas. El espía piensa: "Valiente gentuza. Bastaría una mirada majestuosa del Rabbí, una voz de imperio, y caeríais por tierra o huiríais como ratas". Se acuerda de cierta escena en el templo de Jerusalén...; pero en su fuero interno está convencido de que Jesús no hará nada por defenderse; no echará mano de poderes sobrenaturales, sino que se dejará prender y conducir como un corderillo: como cordero llevado al matadero (Is 53,7). Y ya parten hacia Getsemaní.

¿Por qué habría dicho Juan, cuando narró la salida del traidor del Cenáculo: era de noche? (Jn 13,30). Parece claro que, en el instante en que Judas abandonaba la estancia, el Apóstol vio a través de la puerta que daba a la terraza, medio segundo, la oscuridad. A primera, vista el detalle no tiene nada de particular: la cena pascual comenzaba al atardecer; sólo podía ser de noche a esas horas. Pero él nunca ha olvidado que era de noche. Juan ha debido asociar siempre la partida de Judas con las tinieblas, con la tenebrosidad. Judas es un hombre que, en un momento determinado de su vida, ha preferido las tinieblas a la luz, abismándose voluntariamente en la lobreguez más absoluta.

En la espesura del olivar, Jesús, que es la Luz del mundo (Jn 8,12), envía, junto con un beso, un rayo luminoso a las tinieblas, a la noche: ¡Amigo! (Mt 26,50); pero no consigue alumbrar esa densa negrura, y el traidor ya no volverá a ver nunca ese rostro; al menos, aquí en la tierra; ¿lo habrá contemplado en el Cielo?; ¿habrá sido arrojado a las tinieblas exteriores, tal como Cristo llama a la condenación? (Mt 22,13); ¿habrá entrado en esa ciudad que no tiene necesidad de que la alumbren el sol ni la luna, porque la ilumina la gloria de Dios y su lámpara es el Cordero? (Apoc 21,33).

Cristo dirá del traidor que más le valdría no haber nacido (Mt 26,24), y le llamará hijo de la perdición (Jn 17,12). Con estas palabras queda subrayada la enormidad de su pecado, pero el destino eterno de Judas sólo Dios lo conoce. Ahora bien, qué difícil es para nosotros no asociar ya noche y traición, tinieblas y pecado...

 

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