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Relatos de Palestina

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NOMBRE DE DULZURA

 

 

¿No es verdad que ardía el corazón dentro de nosotros, mientras nos hablaba por el camino? (Lc 24,32)

La breve historia de la traición al Amigo -suceso corto en el tiempo, pero denso en la gestación y violento en el desenlace- nos ha dejado en la boca un sabor entre salobre y amargo. Noche oscura, tinieblas cerradas, remordimiento que araña las vísceras y, finalmente, las esparce por la tierra árida y las mezcla con el polvo.

Pero sabemos -los siglos se encargan de atestiguarlo- que la vida triunfa sobre la muerte, la luz disipa las tinieblas, el día releva a la noche, la esperanza se impone al desaliento, y el perdón se derrama en el pecado para purificarlo.

Ya hace unas horas que ha amanecido el día más espléndido que recordamos. Por una de las puertas de los muros de la Ciudad Santa salen dos hombres, como tantos que lo han hecho antes y como otros que lo harán a continuación, pero éstos nos interesan de manera particular. Los seguimos con la mirada. ¿Quiénes son y adónde se dirigen? Ahora veremos.

Uno es escurrido de carnes, la figura cenceña, el rostro atezado y el mirar inquieto y vivaracho. Su acompañante es como el reverso de la moneda: corpulento, bien cuajado, parsimonioso en el porte. Cualquiera los situaría pronto dentro de la clase campesina acomodada, ésa que se defiende en la vida con cierto desahogo, pero sin llegar a amarrar los perros con longaniza, ni muchos menos, sino con soga vulgar o con cadenilla. Ambos coinciden también en el semblante preocupado, en una especie de agobio en la frente, en los ojos teñidos de desaliento. Y se dirigen a Emaús.

 

Recorridos no más de un par de cientos de metros, se les une el Desconocido, compañero de viaje que el oriental nunca rechaza, antes bien, acoge con cortesía y con las debidas ceremonias que la costumbre prescribe para la ocasión.

 

Comprobamos que el recién llegado entra enseguida en la conversación de la pareja. Más aún, que ya se ha hecho con el peso de la plática, porque los apenados caminantes escuchan con embeleso, formulan preguntas, ansían respuestas, menean la cabeza con signos de aprobación.

 

El ritmo de la andadura se torna cada vez más lento y sosegado. Avanza el pequeño grupo unos pasos. Se detiene. Caminan dos breves pasos, y nueva parada. Junto a un villorrio hay un pozo. Allí -como no tienen prisa- van a sentarse los tres unos minutos, bajo la protección de una higuera añosa. Se escucha un revuelo de palomos en seguimiento de su querencia, quedando en el aire un murmullo de plumas, y el rumor suave de las hojas mecidas sobre la cabeza por la brisa, y algún ladrido suelto de un perro comarcano que ladra sin la menor convicción, como por pura rutina, pero tenaz. Prosigue la conversación. Al cabo de un rato, reemprenden la marcha.

 

Cuando declina el sol, ya están a las puertas de Emaús. Una mirada de inteligencia ha cruzado Cleofás -que así se llama el de las carnes magras- con su compañero. Este toma al Desconocido por la manga de la túnica, a la altura del codo, y le aconseja:

 

-Mira, quédate con nosotros, que ya va de atardecida. ¿Por qué dejar la charla a medias? Aquí descansarás, y mañana, con el nuevo día, seguirás tu camino, ¿eh? Te dispondremos un alojamiento cómodo y una cena sustanciosa; verás cómo no te arrepientes del retraso, ya verás.

 

El Desconocido no se hace de rogar. Parece como si hubiera esperado la invitación, a pesar del ademán de iniciar la despedida. Le reconocerán pronto a través de un gesto familiar, en cuanto se haya sentado a la mesa y haya comenzado a partir el pan.

Emaús. Varias localidades se han disputado el privilegio de levantarse sobre el mismo solar de tu antiguo caserío, aunque sólo dos gozan de mayor credibilidad: El-Qubeibe, que tiene a su favor hallarse a sesenta estadios de Jerusalén (11,5 kilómetros), y es la distancia que se lee en la mayoría de los manuscritos de San Lucas, y la aldea de Amwas, a ciento sesenta estadios, beneficiaria de una tradición que se remonta hasta el siglo III, aunque tiene apoyo esa distancia en un número muy limitado de códices.

Sea lo que fuere, Emaús, tu nombre es palabra que pone dulzura en los labios del cristiano. Sabe a punto de destino, a meta, y a camino recorrido a la vera del Desconocido -ya bien conocido-, y a esperanza, y a alegría.

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