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Relatos de Palestina

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A LOS DOCE AÑOS

El niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que lo advirtieran sus padres (Lc 2,43)

 

 

No son más que las once de la mañana. Estamos en el 27 del mes de Nisán. Dos hombres de noble aspecto -cualquiera reconocería en ellos a dos rabinos- pasean por el interior del Templo. Inician su andadura al lado mismo de la Torre Antonia, pasan junto a la puerta de Tadi y la de Susa, se aproximan al pórtico de Salomón, con sus restos conservados de las primitivas edificaciones. Por doquier reina la animación, aunque bien es cierto que ha disminuido notablemente el bullicio de las fechas anteriores: a partir del 17 han comenzado a abandonar la ciudad los primeros peregrinos y, al cumplirse la octava de la Pascua, la desbandada ha sido ya general.

 

La plática de nuestros dos hombres es animada. Se adivina que existe entre ambos una mezcla de amistad y de respeto que da al coloquio cierto tono de sencillez y de amable cortesía.

 

-Como te vengo diciendo, querido Gamaliel, la aparición del muchacho casi me ha trastornado; ha sido algo prodigioso; no acabo de serenar la mente. Tendría unos doce años. Debería ser ésta su primera peregrinación ya como "hijo de la ley". Te asombrarían la agudeza de su inteligencia para formular preguntas y la sensatez de sus respuestas. ¡A esa edad!

 

No ignora el lector que la enseñanza rabínica tenía su propio sistema, bien diverso de lo que conocemos ahora en nuestros centros educativos. En los atrios porticados del Templo -los peristilos- se sentaban los doctores en banquitos, mientras que el alumnado se ponía alrededor de sus pies sobre el duro suelo. Con precisión dirá Saulo de Tarso que él se había educado en aquella ciudad, a los pies de Gamaliel (Hech 22,3). Los maestros interrogaban a los discípulos, o bien les animaban a proponer objeciones o contrapreguntas, de modo que al hilo del diálogo vivo se avanzaba en la instrucción.

 

-Fíjate -prosigue el que lleva la voz cantante-, lo más grande de todo esto es que el jovencito procede de la denostada Galilea -tierra de patanes, según nosotros-, de un villorrio llamado Nazaret: ¿Te suena el nombre? ¿Quién le habrá enseñado tanta discreción y tan buen conocimiento de la Torah y de los Profetas? A veces -lo sabes tan bien como yo- suceden algunos fenómenos sorprendentes, pero de este calibre no he conocido ninguno. Donde menos te lo esperas... Para mí que son los padres la última explicación; unos padres de excepcional calidad.

 

Ahora pasan junto a la puerta que da al atrio de los Gentiles. Intercambian una mirada de disgusto al contemplar el espectáculo de los cambistas y vendedores; aquella mercadería en lugar sagrado les desagrada. En su interior piensan al unísono: "¿quién tendrá valor para plantar cara algún día a esta situación?"

 

-El muchacho se interesaba en particular por cuanto en nuestros santos libros se relaciona con el Mesías. Sobre todo centraba sus preguntas en las palabras de Daniel: de pronto vi que, con las nubes del cielo, venía como un hijo de hombre... Siempre me ha impresionado, ¿sabes?, la figura de este ser celestial, que, al mismo tiempo, es un hijo de hombre como tú y como yo. ¿Que cuántos días lo tuve a mi lado? Tres, pero también conversó con otros doctores. Al final aparecieron los padres y se lo llevaron. Claro, yo no sabía que se había quedado sin contar con ellos. Se le veía por el Templo..., como si estuviera en su propia casa; no encuentro expresión más adecuada para dar a entender la realidad.

 

Avanzan unos pasitos y vuelven a detenerse.

 

-¿Qué dijo el muchacho? Pues, sorpréndete, lo primero de todo: ¿por qué me buscabais? Así, como suena. Es lo mismo que estuve a punto de manifestar yo mismo: ¿por qué le buscan? Déjenlo conmigo, que yo me encargaré de su instrución y mantenimiento sin que nada le falte; ¿para qué llevarlo a Galilea, donde no hará carrera? (no era todo generosidad; me había encariñado con él -lo reconozco-, y luego, ya sabes que a veces con algunos discípulos aprendemos más de lo que enseñamos). Marchó con ellos como un corderillo, como quien está hecho a la obediencia.

 

Unos metros más, y de nuevo otra parada.

 

-¿Sabes lo que pienso? Este muchacho va a dar que hablar algún día. Hay que dar tiempo al tiempo, aunque yo -añade con un deje de pesadumbre- ya no lo veré en la tierra...

 

La mirada de Gamaliel hacia el amigo es más afectuosa que nunca. Le estrecha la mano con calor y continúan su paseo, procurando no salirse de la línea de la sombra, porque el sol ya comienza a causarles molestias.

 

 

 

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