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Relatos de Palestina


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LO MEJOR PARA EL FINAL

 

 

Dijo su Madre a los sirvientes: Haced lo que El os diga (Jn 2,5)

 

Si algún hombre es feliz hoy, ése se llama Natanael, vecino del pueblecillo galileo de Caná. ¿Motivos? Varios y diversos. Veamos alguno.

Por ejemplo, que ha contraído matrimonio un primo -tantas veces compañero de juegos en la infancia y de diversiones en la adolescencia- a quien estima de veras, y lo ha hecho además con una joven, pariente lejana, que es encantadora; componen una excelente pareja. Por ejemplo, que Jesús, su Maestro, se halla en Caná, junto con otros recién reclutados discípulos. Cuánto ha cambiado su concepto de Nazaret desde que ha sabido que de esa aldea ha surgido el Mesías prometido.

Se avergüenza un poco al recordar cierta frase despectiva pronunciada unos días antes. Jesús, por otra parte, no es como el Bautista, un hombre de Dios, eso sí, pero tan austero y tan rígido, todo ascetismo, como un pedernal tallado por la penitencia; un profeta que habla con voz de trueno. Jesús, en cambio, comparte las alegrías de todos, es uno más en la fiesta, se nota que se encuentra a gusto en la celebración. ¿Más ejemplos? La presencia de la Madre de Jesús, a quien acaba de conocer: le cautiva esa mujer llena de sencillez, hermosa en la frontera de la madurez, que trasciende distinción y señorío, con unos ojos de mirar dulce que enamoran. Jesús es su vivo retrato.

 

También le produce satisfacción comprobar -sobre todo ante amigos venidos de fuera: Cafarnaún, Betsaida...- lo rumbosa que está resultando la boda. Dirán lo que quieran, pero en Caná no son roñosos, qué va. Podrán tener otros defectos, pero si hay que echar la casa por la ventana, pues se echa, y ya está. ¿Cuándo han escatimado las viandas en una fiesta de matrimonio? Nunca. ¿Ha faltado alguna vez el vino, ese elemento que contribuye a alegrar los corazones? Eso, jamás; ni por pienso.

La ceremonia ha tenido lugar ayer miércoles al atardecer, como de costumbre. Los festejos durarán hasta el inicio del sábado, fecha que impide cualquier actividad.

La novia -la desposada, diríamos, porque los esponsales fueron un año antes- se encontraba en la casa de sus padres muy bellamente ataviada. De los viejos arcones habían salido los mejores vestidos, aderezos y alhajas. Por supuesto, también se había recurrido al préstamo de diversos adornos entre las familias vecinas. Perfumada: myrra et aloe et cassia fragrant vestimenta tua, "mirra y áloe y casia exhalan tus vestidos" (Sal 45,9).

Coronada con corona de mirto, enjoyada con collares, brazaletes, zarzillos y toda suerte de pulseras, ajorcas y dijes, donde lucían el oro, la plata y el cobre, amén del coral, el azabache y las piedras de variado colorido: la amatista, el jade, la sardónica y la turquesa.

Brillaban los ojos por la magia del colirio, repeinada -el pelo trigueño recogido en dos trenzas-, acicalado el rostro. Virgenes post eam, sociae eius, "detrás de ella, las vírgenes, sus compañeras" (Sal 45,15): la rodeaban, en efecto, con candelas de aceite encendidas, las amigas doncellas, entre las que había que contar a dos hermanas del ufano Natanael.

 

Llegó el esposo, acompañado de los amigos y parientes jóvenes -ahí estaba Natanael-, a recoger a la novia para conducirla a la propia casa -en medio de cantares, vivas y algazara generalizada-, donde tendrían lugar los juramentos de rigor, bajo el velo nupcial, y la rotura del vaso ritual, siempre según la costumbre.

Todo esto ocurría ayer. Hoy la casa del esposo es un continuo ir y venir de gentes. La familia es acomodada: basta considerar que han alquilado maestresala, o maestro de festín, y dos sirvientes; pero entendamos bien lo que queremos decir: son personas pudientes dentro de los límites del nivel económico de un pueblecillo.

La contratación de esta ayuda ha sido a costa de sacrificios, y durante meses la familia ha tenido que apretarse el cinturón para ir poniendo aparte, día a día, los alimentos que se consumirían en la boda. El vino, elemento nada secundario del festejo, también lo han ido reservando cuidadosamente, litro a litro, hasta el momento presente; odres y tinajas intocables: "el vino de la boda".

Ahora se come y se conversa en corros, un poco por aquí y por allá. Algunos en el interior; otros en la azotea; un grupillo fuera, bajo el emparrado. La temperatura es suave. Abundan los platos de carnero cocido en leche, los pichones en salsa, la caza en adobo, los pescados de Genesaret rellenos de carne con cebolla, los frutos secos: pasas, nueces, higos y almendras.

 

Las gentes van y vienen. Vuelven algunos del campo, o llegan de alguna aldea vecina, y se suman al banquete. No pasa inadvertido a la mirada atenta de Natanael que María, la Madre del Maestro, se ha acercado a Jesús y le habla confidencialmente. Después va a conversar con los servidores. Por el movimiento de cabeza, entiende que les habla de su Hijo. Un rato después nota que Jesús se levanta y se acerca a los criados, les da unas instrucciones y éstos comienzan a mover las tinajas de las abluciones.

Natanael no concede por el momento mayor importancia a tales pormenores; sólo piensa en que María está en los detalles de la boda, con un continuo trajinar para que todo se encuentre en su punto y a nadie falte nada.

 

Pasados los años, Natanael cambiará impresiones con Juan, el de Zebedeo, sobre lo acontecido en esas nupcias de Caná. ¿Qué se dicen? Escuchemos:

-Jesús me había pronosticado que vería cosas mucho más grandes que la simple adivinación de mis pensamientos bajo una higuera, cuando le conocí, pero no pensé que sería tan pronto y algo tan portentoso. Qué abundancia de vino y de qué calidad. Fue un regalo de bodas espléndido para mis primos.

Juan sonríe. También él recuerda con viveza aquellos días de Caná.

-Fíjate, Natanael, yo muchas veces he valorado el regalo que nos hizo la Madre de Jesús. ¿Te acuerdas cuándo de verdad comenzamos a creer en El? Ella pidió el milagro; pensaría que unos zoquetes como tú y como yo necesitábamos contemplar un prodigio.

Hace una pausa y continúa:

 

-El mejor vino para el final, dijo el maestresala. En ocasiones considero también que el Señor nos ha obsequiado con extrema generosidad en esta vida: qué de cosas nos ha dado a conocer y cuánto amor nos ha manifestado; ¿pues qué será el Cielo? Allá seremos semejantes a El, a nuestro Dios, porque le veremos tal cual es. No te quepa duda, Natanel -concluye Juan-, de que el mejor vino nos lo tiene reservado para el final.

 

Ambos amigos intercambian una mirada que expresa el mutuo y total acuerdo, y sonríen.

 


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