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Relatos de Palestina
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Si pudiera tocar, aunque solo fuera su manto, quedaré sana (Mc 5,28)

 

Madre e hija se encuentran atareadas en la labor de hilar a la rueca, para convertir después el lino en lienzo por obra y magia de sus expertas manos. Es la madre una mujer de noble porte, pero encanecida prematuramente y como marchita, consumida por alguna dolencia. La joven, por el contrario, sin faltarle ese mismo aire de excelente cuna y crianza, goza de óptima salud y de energía y vivacidad en cada uno de sus movimientos.

La casa que habitan, enjalbegada por fuera y relimpia por dentro hasta el punto de parecer bruñida, es anchurosa y de buena fábrica, pero no logra disimular cierta atmósfera de mansión venida a menos por los avatares de la vida. Se advierten algunas ausencias en el menaje, que proclaman a las claras unas ventas llevadas a cabo para salir al paso de necesidades perentorias e inexcusables.

En efecto, la enfermedad de la señora ha ido mermando día a día, durante doce largos años, los caudales que constituían el patrimonio familiar y, por tanto, el bienestar presente y futuro: hubo que vender una aceña que reportaba pingües beneficios; luego le ha tocado el turno a una viña, con sus higueras plantadas entre las vides; después le ha llegado la hora de despedirse a un terrenito de secano muy apto para el cereal...

La hija contempla el rostro de la madre, que refleja resignación y un punto de melancolía. Cesa por un instante la ocupación y le exhorta:

-Madre, deberías acudir al Rabbí de Nazaret. Así no podemos continuar.

La interpelada inclina la cabeza, abatida:

-Déjalo ya. Sabes que he probado en estos años todo lo que puede experimentarse, y siempre peor, peor, peor... He tomado por prescripción médica todas las inmundicias de la tierra: cebollas de Persia, alumbre, azafrán y goma arábiga. ¿Qué más quieres que haga?

 

Conociendo el Talmud, estamos en grado de saber sobre los remedios y triacas que le han recomendado médicos, curanderos y charlatanes en su continuo peregrinar de unos a otros: hasta colocarse con una copa de vino en el cruce de dos caminos, para recibir el susto producido por un hombre llegado de improviso; o tomar durante tres días seguidos un grano de cebada en el establo de una mula blanca; incluso, llevar en el pecho un saquito de ceniza de huevo de avestruz: desanimante, ¿verdad?

Pero la joven no se rinde tan fácilmente. La vemos con recursos:

-Madre, póstrate ante Jesús de Nazaret, suplícale; es todo lo que tienes que hacer. ¿Has olvidado la historia de Eliseo y Naamán?

Claro que no ha olvidado el relato sagrado del general sirio. Se lo sabe de memoria, aunque no le importa volverlo a escuchar de labios de su hija.

 

En tiempos del profeta Eliseo, un general del rey de Aram, Naamaán de nombre, padecía de lepra. Tuvo la fortuna de saber, a través de una jovencita hebrea capturada en una guerra y destinada al servicio de su esposa, que en Samaría había un profeta capaz de devolverle la salud. Partió Naamán para Israel con una fuerte suma de dinero -diez talentos de plata y seis mil siclos de oro-, además de abundantes y costosos vestidos, para comprar el favor del hombre de Dios.

Su primera sorpresa fue enterarse de que no se trataba del rey de Israel, sino de un humilde habitante de aquel reino. Segundo chasco: al llegar a la casa del profeta, éste no se dignó salir a recibirle, antes al contrario le mandó un criado con la siguiente indicación: ve y lávate siete veces en el Jordán.

Naamán se ofendió ante tal desaire y ya marchaba renegando -¿no tenía acaso mejores ríos en Damasco?-, cuando sus siervos, que le querían, hablaron con cordura: Padre, si el profeta te hubiera mandadoalgo difícil, ¿no lo habrías hecho? ¡Cuánto más si te ha dicho: lávate y quedarás limpio! (2 Re 5,1-13).

 

Ahora la madre sonríe suavemente, con dulzura. Notamos que se le ha iluminado el rostro.

-Hija, no es menester que extraigas la moraleja. Iré a Cafarnaún, pero no me postraré ni suplicaré nada: estoy convencida de que bastará que toque la orla de su manto y me curaré al instante. Lo sé. Partiremos hoy mismo.

Al punto abandonan ambas la labor y comienzan muy ilusionadas los preparativos del viaje.

Quizá más de uno quiera saber qué fue de la hemorroísa después de su curación. Bien, leyendas no faltan. Hay quien la identifica con aquella Berenice (Verónica) que, según una piadosa tradición, limpió el rostro del Señor en el camino del Gólgota de la sangre, el sudor y los salivazos.

Curiosa historia también la que nos refiere que se trataba de una mujer pagana, natural de Cesarea de Filipo, en la Galilea septentrional; ella habría hecho levantar una estatua en el jardín de su casa en la que aparecería ella postrada a los pies de Cristo (de este particular dan testimonio historiadores antiguos, tales como Eusebio, Sozomeno y Teofilacto).

Si el lector nos guarda un secreto, le sabremos dar noticias mucho más fiables que las anteriores sobre la ex-enferma, aunque no le descubriremos la fuente de nuestras informaciones.

Pues bien, la querida hemorroísa, después de que Cristo ascendió al Cielo, solía de vez en cuando subir a Jerusalén -con envidiable salud- en coincidencia con las grandes festividades. Allí tenía oportunidad de asistir a la "fracción del pan" -nombre con que por aquel entonces los cristianos designaban a la Eucaristía- oficiada por alguno de los Apóstoles.

En los ratos de charla que la precedían, era tema obligado relatar recuerdos del Maestro, que era lo que con gran diferencia interesaba a todos. Si le llegaba el turno a ella, no se hacía de rogar; antes bien, con amabilidad refería cuanto Jesús había obrado en su beneficio. Pero gustaba hacer una aclaración previa, con sencillez que encantaba a los presentes.

-Veréis, desde que tengo la fortuna de recibir al Señor como alimento en estas celebraciones, el haber tocado el borde de su manto ya apenas me impresiona...

 

 

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