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Relatos de Palestina

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LAMENTOS

 

Y se reían de El (Mc 5,49)

 

En el hogar de Jairo todo es congoja. La pequeña, la hija única, la que alegraba la vida familiar -con su risa contagiosa, su continuo rebullicio y su picardía sin malicia-, se consume lenta e inexorablemente, sin remedio.

Apenas se escucha una voz: sólo susurros y un andar de puntillas, muy discreto, leve, por pasillos y estancias. La madre acaricia de vez en cuando la frente de la enferma, mientras que el padre se mantiene callado, con un nudo en la garganta, anclado a la puerta de la habitación.

Por los aledaños de la casa ya rondan -"moscardonean", habría que escribir- las plañideras y los flautistas, conocedores de la cercanía del fin y a la espera de ganarse un jornal y la comida -las lentejas de funeral- del día.

Singular oficio el de las lloronas. Al parecer, se intrujeron tales usos por influencia pagana. No abundan, es cierto, las menciones en la Sagrada Escritura. El profeta Jeremías, en sus lamentaciones por la impenitencia del pueblo de Israel, pone en boca de Yahvé lo que sigue: ¡Atención! Llamad a las plañideras, que vengan: mandad a buscarlas: que vengan las más expertas, que vengan enseguida y entonen una lamentación por nosotros; que nuestros ojos viertan lágrimas y nuestros párpados chorreen agua (Jer 9,16-17).

Aquellas mujeres lo mismo lanzaban gritos de dolor, con sus cabelleras en desorden y los vestidos desgarrados, que cantaban, acompañadas por los tañedores de flautas, las loas del finado. Y el familiar, el amigo, sentían conmocionarse su alma y se lanzaban al llanto sin recato; "a moco tendido", suele decirse. Constituían una presencia casi obligada en cualquier duelo.

Tanto es así que, según el Talmud, aun el israelita más indigente estaba obligado a alquilar dos tañedores de flauta y una plañidera para celebrar las exequias de la esposa (nos sorprende un poco esa costumbre, pero no olvidemos que hasta en época relativamente reciente se ejerció similar oficio plañideril en algunas regiones de España

. A principios de este siglo, por poner un ejemplo, en Villarramiel, localidad afamada en el campo palentino por sus tenerías, contrataban "lloronas" para el acompañamiento del muerto hasta el cementerio).

De improviso, observamos que han pasado un recado a Jairo: el Rabbí de Nazaret está a punto de regresar, puede llegar en cualquier momento. Y Jairo corre hacia la playita donde atracan las embarcaciones.

 

En efecto, el Maestro viene de la Decápolis. El Evangelio puntualiza que cruzó el lago hasta la otra orilla (Mc 5,21). Por tanto, estamos en la occidental: seguramente nos hallamos a las afueras de Cafarnaún, aunque no se mencione nombre alguno. Podría tratarse de otra población ribereña de los alrededores, pero el modo de narrar el traslado parece indicar una vuelta a casa, el regreso a la ciudad de residencia habitual por aquel entonces. Se reunió una gran muchedumbre, refiere San Marcos (5,21). Todos estaban esperándole, aporta San Lucas (8,40).

 

En cuanto Jesús pone los pies en la orilla, ya está el jefe de la sinagoga suplicante, postrado: que corra, que vuele, que su hija única, una muchachita de doce primaveras, se halla en las últimas, y añade confiado: impón tus manos sobre ella para que se salve y viva (Mc 5,23).

Cuando avistan la casa ya saben que la niña ha muerto, pero el Rabbí de Nazaret ha dicho a Jairo que confíe. En las inmediaciones todo es silencio respetuoso con el dolor ajeno: se han apagado los golpes de la herrería, no gritan los arrieros, ni se percibe el sonido de los cascos de las caballerías, ni vocean los vendedores. Pero en el interior del edificio reina la algarabía: las plañideras lanzan sus ayes y gemidos, mientras los flautistas tocan unos sones agrios y destemplados.

Jesús advierte a los circunstantes que la niña no ha muerto, que tan sólo duerme. Simón Pedro, autorizado junto con los dos Zebedeos a acompañar al Maestro y a los padres de la joven, observa las risas, muecas y codazos de las plañideras; hasta le llega alguna frase suelta:

-Dice que la doncellita no ha muerto. Ya. Que nada más se ha adormecido. Ya. Como si no la hubiéramos visto, color de cera, sin alentar...

Antes de penetrar en la cámara mortuoria, Jesús ruega a Jairo que mande afuera a aquellas gentes.

 

¡Flautistas y plañideras! La verdad es que nunca se ha sabido que los lamentos hayan resuelto algo ni arreglado, por sí mismos, problema alguno: "qué barbaridad, adónde vamos a parar", y dale, y dale, con el "qué barbaridad, adónde vamos a parar", y venga; total, para el caso, flautistas y plañideras en todas las épocas y lugares.

Pasan unos minutos. Salen al exterior Jesús y los acompañantes. Jairo no cesa de besarle las manos, llorando de alegría. Jairo, Ja'ir: tu nombre significa "que (Dios) haga brillar (su rostro)"; el tuyo resplandece ahora como nunca. Simón Pedro mira a la concurrencia. Sus ojos parecen decir: "si de vosotros y vosotras hubiera dependido"...

 

 

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