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Relatos de Palestina

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VISITA INESPERADA

 

Entonces vienen trayéndole un paralítico, que era transportado por cuatro (Mc 2,3)

 

El dueño de la casa advierte algo que le produce sorpresa, y exclama en su interior: "¡Diantre, juraría que alguien anda por el tejado!". Pero a los dos segundos ya se ha olvidado de esa circunstancia y procura mantener el oído atento a otros sonidos que le interesan más, para no perderse ni ripio de lo que allí se está tratando en ese instante.

El dueño de la casa -digámoslo de una vez- se halla muy satisfecho de que su morada rebose de público. Las gentes -oyentes interesados o simples curiosos- ocupan la estancia, taponan la puerta, y todavía pueden observarse las cabezas de quienes, puestos de puntillas, tratan de ver y de oír desde el patizuelo exterior. El dueño de la casa cavila a la vista de lo que se ofrece a sus ojos: "Hay que ir pensando en grandes espacios abiertos; ya no nos sirven las sinagogas ni los domicilios particulares".

En primera fila, sentados en banquitos de madera, encontramos a un grupo de escribas llegados de diversos lugares de Palestina, atraídos por la fama del Maestro de Nazaret. Son individuos acostumbrados a ocupar los primeros puestos allá donde estén, y en Cafarnaún cualquiera se siente honrado de cederles en esta ocasión posiciones de privilegio, comenzando por el dueño de la casa.

Estos doctores de la Ley -casi todos pertenecientes al partido fariseo- desean examinar con sus propios ojos y ciencia la autoridad del recién surgido Rabbí: "¿En qué escuela rabínica se ha formado? ¿Quién le ha conferido la titulación para enseñar? Dicen que ha efectuado curaciones -¡se ha atrevido!- en sábado, sin tener en cuenta el sagrado precepto del descanso: ¡tiene la semana siete días, y ha de llevarlas a cabo precisamente en sábado! Inaudito". Están al acecho, atienden con desconfianza: "¿Qué será capaz de decir? ¡Ojo, como interprete, encima, la Ley a su manera!"

Menudean los ruidos en el tejado, cada vez más intensos. Se percibe algo así como un ir y venir, un dar vueltas y más vueltas. Ahora el dueño de la casa, Simón Barjonás, intercambia una mirada de estupor con su hermano Andrés. Ni uno ni otro entienden qué puede estar pasando allá arriba, sobre el techo, pero no hacen el más mínimo ademán de moverse para averiguarlo. Bien, ya va siendo hora de que el lector sepa qué es lo que realmente acontece, y se lo vamos a referir con la mayor parquedad posible de palabras.

Dos horas antes han partido en dirección a Cafarnaún, desde una alquería distante cosa de tres o cuatro quilómetros, unos lugareños que transportan a un pobre paralítico tendido sobre el jergón donde yace habitualmente. Han arribado a la población, se han dirigido a casa de Simón el pescador -a cuatro pasos de la orilla del lago-, pero se han visto impedidos por completo para acceder al interior de la vivienda.

Estos hombres, sólidos amigos del lisiado, se han tomado cierto tiempo para convencerle de la conveniencia de emprender el viaje. El pobrecillo no paraba de repetir que un miserable pecador como él no obtendría favor alguno del profeta de Nazaret:

-¿No son mis múltiples pecados los culpables de que esté aquí postrado? -insistía el infeliz; y añadía-: Tendría que empezar por librarme de ellos para presentarme ante El.

 

El que manda en el grupo ha tomado una determinación, tras probar con resultado nulo diversos expedientes, para abrirse paso entre las gentes arracimadas como enjambre de abejas:

-Lo introduciremos por el tejado. Simón lo comprenderá, y, una vez que hayamos concluido con este asunto, le dejaremos el techo como nuevo.

¿Subirán por la escalera exterior? No, mejor por una casa contigua, pegada a la suave ladera, y pasarán del tejado de una al de la otra. La techumbre -como sabemos- está formada por unas sencillas vigas de madera, apoyadas en las paredes de la casa, y sobre ellas han dispuesto, en sentido trasversal, cañas, algo de carrizo y una capa de barro cocido y bien prensado (una especie de adobe); cubierta idónea para resguardar el local de los rigores del invierno y para conservar el frescor durante los meses del estío. Pues manos a la obra...

Cuando empiezan a caer en el interior los primeros cascotes y a divisarse, por añadidura, algo del añil del cielo, los circunstantes están atónitos. Consideran los escribas: ¿Algún golpe de efecto preparado por Jesús de Nazaret en combinación con el propietario de la casa? Este, el dueño, es el más sorprendido de todos: "Dios mío, me están destrozando el tejado; me las pagarán esos gamberros".

En dos minutos los de arriba han practicado una amplia abertura y empiezan a descender, con ayuda de cuerdas, la camilla del tullido, hasta ponerlo a los pies de Jesús.

Simón cambia de actitud en cuanto comprende el sentido de la espectacular maniobra, y sonríe; él siempre ha admirado a los audaces, porque el mundo -qué caramba- es de los valientes. En su idioma nativo, el arameo de Galilea, musita algo que podría traducirse con alguna libertad por: "sois unos jabatos, sí señor; ya arreglaremos los desperfectillos; total cosa de nada".

Pero no va más allá en sus consideraciones. Una especie de escalofrío le recorre la columna vertebral de arriba abajo. Nota que los ojos de los escribas se abren desmesuradamente, como si quisieran abandonar las órbitas y precipitarse al exterior; palpa el escándalo; y es que Jesús acaba de dirigirse al paralítico con estas palabras:

 

-Ten confianza, hijo, tus pecados te son perdonados.

 

 

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