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Relatos de Palestina

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ASI DE SENCILLO

 

 

Pero di una palabra (Lc 7,7)

 

Todo comenzó con una desgracia. Aunque, bien mirado, aquel contratiempo trágico acabó por convertirse en una fuente de venturas. Parece -no somos los únicos en sospecharlo- que en esta vida somos algo así como espectadores de un mundo al revés: nos falta la visión del lado derecho, el correcto, que es donde los acontecimientos muchas veces encuentran el debido acomodo y las penalidades su verdadero sentido.

Hablábamos de que todo comenzó con una desgracia. Pues sí, nos lo contaba un liberto, a quien daremos a partir de ahora, sabiendo que el detalle provocará una sonrisa en Saulo de Tarso, el nombre convencional de Onésimo, ya que prefiere permanecer en el anonimato; sus razones tendrá, que en eso no entramos ni salimos.

-Ya veis -nos decía-, de la manera más tonta me clavé en el pie derecho un largo espino, cuando trabajaba en el huerto, que me produjo una herida honda. No le di mayor importancia. Son cosas que pasan, ¿no?

-¡A ver! -asentíamos nosotros.

Caminábamos por las cercanías del lago. Nos deleitaba el paisaje. Gozábamos a pleno pulmón con todos los hechizos de la primavera galilea. La tierra se hallaba cubierta por un tapiz de las flores más variadas en tamaño y color, con predominio de las menudas.

De algunas no sabíamos ni los nombres; otras las distinguíamos sin dificultad: narcisos, jacintos, anémonas, adormideras, azulejos, ranúnculos, amarantos, iris; de todo. Luego vendrían los calores y, ya se sabía, en aquella hondonada se agostaría la vegetación, los verdes se tornarían en grises y los aromas palidecerían hasta esfumarse por completo.

-Al cabo de una semana -proseguía el relato del antiguo esclavo-, empecé a tener dificultad para abrir la boca. Todavía no me preocupé. Luego, enseguida, vinieron los dolores de cabeza y las contracciones de los músculos. Ay, sólo yo sé lo que pasé. Me iba quedando rígido. Después crecieron las convulsiones y los dolores resultaron insoportables. Se me arqueaba el cuerpo, palabra, y me veía a las puertas de la muerte sin remedio.

Nos hablaba Onésimo, mientras continuábamos el paseo, de la solicitud de su amo. Este era nada menos que centurión, responsable de una compañía de soldados de Herodes, cuya misión consistía en vigilar un emplazamiento comercial de la importancia de Cafarnaún, lugar de tránsito de multitud de caravanas. Herodes Antipas tenía -dicho sea de paso- un pequeño ejército organizado al modo romano.

-Parece mentira, pero para mí era un padre: me quería como a un hijo. Durante la enfermedad no vivía. Creo que por un hijo de verdad no habría hecho más de lo que hizo por este desgraciado.

No es fácil, desde luego, encontrar una persona de ese rango que proceda de manera bondadosa con un siervo, ni aquí ni en otra parte cualquiera. Sabemos de sobra que un hombre tan cultivado como Aristóteles habló de los esclavos en términos que los situaban al nivel de los animales y de las simples cosas.

El labrador -según el Estagirita- tenía tres clases de instrumentos: inanimados (por ejemplo, el arado), semianimados (los bueyes, las mulas) y animados (los esclavos). Cuánta crueldad no habremos ya visto en el trato que se da a estos miserables.

Onésimo continuaba la narración. Su mirada era de hombre joven, aunque ya se adentraba en la madurez. Tenía los ojos garzos, del color mismo de zafiro que toma en ocasiones la superficie del lago al reflejar el sol de la tarde, y, si no fuera considerado cursilería, casi nos atreveríamos a decir que le venía esa tonalidad de tanto haberlo contemplado a lo largo de los años.

-No sabiendo qué más hacer, acabó por pedir a algunos notables de la ciudad que acudieran a Jesús. Era gente obligada a complacerle, pues le debían bastantes favores, entre ellos, el haber costeado a sus espensas la edificación de la nueva sinagoga. Por aquel entonces, casi no se separaba de mi lado, ni de día ni de noche.

 

Llegábamos así a la parte de la historia que más nos ilusionaba escuchar, porque, naturalmente, deseábamos que nos hablara del Señor:

-¿Que si acudió a la llamada? Inmediatamente. Y cuando ya se acercaba a la casa, mi buen amo salió presuroso a su encuentro. Rodilla en tierra se disculpaba ante Jesús: no soy digno, no soy digno, repetía.

Notábamos que se le empañaban los ojos. Se le había formado un nudo en la garganta. Al fin, logró aclarar un poco la voz, y prosiguió:

-Nunca me pareció tan grande como en aquella ocasión en que se transformó en un niñito. Y no creáis, que era hombre recio, acostumbrado a mandar y a hacerse respetar de cualquiera. No soy digno de que entres en mi casa. Pero di una palabra y mi siervo quedará sano; así hablaba.

 

Nosotros, por nuestra parte, inquiríamos, al ver que se había detenido y no progresaba con el relato:

-Ya, ¿y qué?

-Pues eso.

-Pues eso, ¿qué?

-Pues eso, dijo una palabra. Como Dios al crear el mundo: hágase. Le bastaba y sobraba al Señor con pronunciarla. Incluso con una de aquellas miradas suyas, y ya estaba. Por eso estoy aquí, por esa única y bendita palabra.

 

 

 


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