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Dos clarisas jóvenes nos hablan de su vida y su vocación

 

Mi historia

Me parece imposible contaros con palabras la historia de salvación de Dios para conmigo. Cada vez que pienso en mi vida sólo puedo -como María y junto a Ella-, proclamar el Magnificatpor las maravillas que el Señor ha realizado y continúa realizando.

Tuve la gran suerte de nacer en el seno de una familia cristiana que me supo acercar a Jesús y me ayudó a crecer en la fe con la presencia del Señor y de la Virgen. Mis padres y mis hermanos fueron siempre mi apoyo y mi aliento, también cuando respondí con un Sí a la llamada que el Señor me hacía.

¿Cómo fue esa llamada? Gracias a Dios, el Señor estuvo siempre a mi lado, pendiente de mí, seduciéndome, atrayéndome, desde que era pequeña…

Pero en los primeros años de mi juventud, aunque contaba para todo con Él, me preocupaban, de hecho, más mis planes que los suyos; y pensaba que ya hacía bastante por Él formando parte de un grupo joven franciscano, dando catequesis a niños y ancianos, haciendo oración comunitaria, colaborando con las Hermanas de la Cruz con las niñas internas, ayudando al Tercer Mundo en una Ong...

Hasta que descubrí que eso era sólo un poquito de lo que podía darle; y que me estaba pidiendo más, mucho más.

Marché a la Universidad, estudié Derecho y terminé la carrera con buenas notas. Tuve la suerte de conseguir un buen trabajo muy pronto y estuve ejerciendo mi profesión durante más de tres años en una entidad pública. Y en ese momento, cuando ya tenía todo lo que había deseado -una familia encantadora, un buen trabajo, libertad, autonomía, independencia, etcétera- sentí en mi alma que Dios me pedía que hiciera una opción radical por Él, dándoselo todo.

Fue un encuentro con Dios particularmente fuerte, inefable. No sé como explicarlo: vi claramente en mi alma que Cristo salía a mi encuentro y me llamaba.

Fue como un alto en el camino; como si me estuviera diciendo al oído lo mismo que al joven rico: "Mira: todo esto que estás haciendo es bueno, está bien… pero ahora, ¡vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres! Y luego… ¡ven y sígueme!"

Ese "¡ven y sígueme!" comenzó a resonar en mi alma cada vez con más fuerza, y se fue abriendo paso en mi corazón entre vacilaciones interiores, con la íntima seguridad del inmenso Amor que Dios estaba derrochando conmigo.

Amor con amor se paga. Decidí corresponder libremente a su Amor, un Amor que deseaba abrasar todo mi ser. Nadie podía colmar, de esa manera, jamás, mi corazón.

Comencé a ir a Misa todos los días y a comulgar diariamente. Recibir a Jesús en la Eucaristía se convirtió en una necesidad fuerte para mí. Necesitaba contemplarle, alimentarme de su Palabra. Quería darme por entero a El… pero, ¿dónde?

El Señor me condujo de forma aparentemente casual. Hubo una incompatibilidad de horarios entre la misa y el trabajo, y opté por subir hasta el Cerro, donde está el Convento de Santa Clara. Ahora comprendo que no fui yo la que opté, sino el Espíritu Santo.

Comencé a venir por las mañanas a participar en la Eucaristía con laudes que se celebraba a las siete y cuarto... y comprendí que éste era mi lugar; era aquí donde el Señor me quería, donde me invitaba a quedarme para que llevara a cabo el proyecto que Dios tenía pensado para mí.

Eres joven -me decía la gente- tienes un buen trabajo y toda la vida por delante… ¿Y lo vas a echar todo a rodar de esa manera? ¿Es que te has vuelto loca?”.

 Sí; en cierto modo tenían razón: me había vuelto loca: loca de amor por ese Señor que me había amado hasta el extremo de dar su vida por mí en la Cruz y que ahora me invitaba a seguirle. Caminar tras sus pasos no era un sacrificio: era un privilegio.

¿Qué más os puedo contar? Me dejé llevar por la voz del Espíritu. Hice una experiencia con las hermanas. Al terminar, sabía con certeza que mi lugar estaba aquí, en este Monasterio. El Señor me había hablado claro. Él me quería en la vida contemplativa.

La entrega a Dios es como dar un salto en el vacío: confías en que te recogerán, al otro lado, las manos de Dios. Yo confié, me arriesgué y opté por el Señor, contando con la Gracia y la Fuerza que me regalaba y que embargaba todo mi ser.

Y ahora, ¿qué sientes, después de estos años, como clarisa?, me preguntan a veces.Ahora… me gustaría gritarle al mundo entero que merece la pena entregarse del todo a Dios.

¿Qué siento? Siento que realmente el Señor da siempre el ciento por uno. Siento que es precioso y maravilloso dejarlo todo por el TODO, y que el Señor ha estado grande conmigo. Me siento inmensamente alegre, y feliz, y oro por todos vosotros. Os llevo en mi corazón y le presento cada día al Señor tantos dolores, sufrimientos, alegrías y gozos como experimenta y padece nuestra humanidad, desde la contemplación.

Ése es mi camino: imitar a Jesús cuando oraba a solas en el monte. Imitar a su Madre María, dejándome llenar cada día por el Amor de Dios, dejándome revestir de Cristo, como Ella, para anunciar a su Hijo a todos los hombres, desde el silencio.

Las clarisas llevamos una vida de entrega especial por tantos y tantos miembros vacilantes de nuestro mundo. Cooperamos con el Señor para sostenerlos y oramos por su conversión, desde el corazón de la Iglesia, que necesita -y necesitará siempre- que haya vidas consagradas por entero al Señor, dedicadas a la oración.

Sor Ángela