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Dos clarisas jóvenes relatan su vida y su vocación

 

Amar a lo grande

Mi infancia y mi adolescencia transcurrieron con normalidad. Mi familia es fabulosa y siempre me sentí muy querida y arropada por mis padres y mis tres hermanas. De pequeña era como el juguete de la casa: todos me protegían y me mimaban.

Luego, en mi adolescencia, era como tantas chicas de ahora. Me gustaba enormemente la marcha y siempre estaba en la calle. Llegué a intimar especialmente con un amigo de mi pandilla, pero conforme avanzábamos en la relación, me iba dando cuenta de que mi corazón no se llenaba con ese amor. Aquello era algo pasajero. Y comenzó a nacer en mí una necesidad de amar a lo grande y de entregarme a los demás por completo.

Durante ese tiempo no tenía la menor idea de lo que Dios podía querer de mí. Desde luego, no se me pasaba por la cabeza la posibilidad de una vocación religiosa. ¡Ni remotamente!

Llevaba una vida cristiana: ayudaba y colaboraba todo lo que podía en mi parroquia; hacía oración; a veces, rezaba Vísperas con unas monjas de vida activa, a las que visitaba con frecuencia… Pero sentía que el Señor me pedía más. Más amor. Un amor más grande…

Comencé a darle vueltas a la posibilidad de ser misionera. Podía entregar mi vida a Dios así –pensaba-, ayudando a las personas del Tercer Mundo, anunciándoles el Reino… pero ¿era eso lo que el Señor me pedía a mí? Rezaba y rezaba, pidiéndole luces para descubrir su Voluntad.

Y Dios me la hizo ver cuando menos me lo esperaba. Fue un día de verano, a mediados de un mes de julio muy caluroso. Decidimos en la pandilla ir a Estepa para darnos un baño en la piscina municipal. Hacía un calor impresionante y estuvimos dando una vuelta por el pueblo, entre risas y bromas. Parecía un día más de excursión.

Subimos al Cerro de San Cristóbal, que es un lugar precioso, con murallas y almenas. Tiene un mirador desde el que se ve la campiña y a lo lejos, la serranía… Mientras paseábamos descubrí por casualidad -¿por casualidad?- un gran edificio en el extremo de la explanada. Pregunté qué era aquello. Me dijeron que era un monasterio de clarisas. Yo no tenía la menor idea de que hubiese un monasterio allí, y se me ocurrió pasar al locutorio para hablar con ellas.

Aquella breve visita me impresionó hondamente. … Aquellas vidas entregadas al Señor… Comencé a pensar y a rezar: “sí; como misionera me puedo entregar a un buen número de personas del Tercer Mundo. Pero desde aquí puedo hacer el bien a la humanidad entera, orando sin cesar por las personas de los lugares más recónditos que nos necesitan. Puedo ayudar, con mi oración y con mi penitencia, en el silencio, a las necesidades de todos mis hermanos los hombres”.

Así fue como Dios irrumpió en mi vida, cuando menos lo sospechaba, para cambiarla por completo: en una excursión con mi pandilla. Todo mi ser, mi vida entera, dio un vuelco cuando Cristo se acercó hasta mí y me dijo, con un lenguaje que sólo entiende el alma, que me quería para Él aquí.

Estuve varios años –cuatro- sin decidirme, como haciéndole frente a Dios, hasta que un 29 de octubre que nunca olvidaré le dije, como María, que me deseaba convertirme en su esclava, para que Él hiciese en mí su Voluntad donde quisiera.

Entré de postulante y a partir de entonces el Señor me ha hecho sentir su amor y su predilección. Él me había seducido y yo me dejé seducir; y os puedo decir que vale la pena cortar con las esclavitudes que nos atan al mundo y subir, libre, libre, a la barca de Jesús, para remar a su lado, cada día, mar adentro, hacia las profundidades de su Amor; para llevar ese Amor a tantos hermanos nuestros que carecen de todo, incluso de lo más necesario.

Sólo puedo deciros que hacen falta vidas contemplativas en nuestra Iglesia, que hagan la misma función que el corazón en una persona. El corazón no se ve al exterior, pero está ahí, en lo profundo, latiendo y dando vida.

Eso somos las contemplativas, con nuestra vida de oración: el corazón de la Iglesia.

 

Sor Josefa Mª