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Biopsia al botellón

Sunsil Estil


 








 

Me niego a llamarle “cultura de”. Porque cultura no es cualquier cosa. Sólo cuando guarda alguna relación con su origen etimológico: cura animae –cultivo del alma- y cura corporis – cultivo del cuerpo. Beber sentados en la acera hasta que el hígado reviente, con la música a todo pasto, vomitar en el primer portal, dejar las calles como vertederos de basura.... podrá ser una “manifestación de”; pero cultura, enriquecimiento personal ... ni hablar.

¿Qué reivindican?: un espacio para beber más barato. Y les han dicho basta. ¿Qué argumento esgrimen?: ¡tolerancia!. Y les han contestado: “tolerancia cero”. ¿Medidas?: acordonar la zona y despliegue policial. ¿Contramedidas?: cambio de ubicación; “la concentración será en... Pásalo”. Mucho más excitante. La noche promete: bronca, vandalismo... El espectáculo está asegurado. Decenas de detenidos que la “basca” convierte en héroes de la causa. Y la causa es seguir bebiendo hasta altas horas de la madrugada sin límites ni restricciones. ¿Quién va a ganar este pulso?.

Primero habría que despejar otras cuestiones. ¿Cómo son nuestros adolescentes?. ¿Qué persiguen?. Hay una base mínima común a todos ellos. La adolescencia es una fase de la vida que se caracteriza por la confusión y la búsqueda de la propia identidad. Termina cuando se empieza a distinguir entre el deseo del capricho instantáneo y aquello que conviene. Y los expertos hablan de adolescentes que rozan los treinta años...o más. Investigaciones recientes relacionan la eterna adolescencia con lo que los americanos denominan “cultura de la habitación del adolescente”. ¿Una excentricidad más de los yanquis?

 

Creo que esta vez no

La catedrática de antropología de la Educación de la Universidad de Valencia, Petra María Pérez, ha promovido un estudio en el que se concluye lo siguiente. “Vamos hacia un modelo de familia individualista. Es una familia donde se comparten cada vez menos espacios comunes. De ahí que tantos adolescentes tengan televisión propia en su cuarto o Internet (...) Estamos perdiendo muchos valores comunitarios, sobre todo en las sociedades urbanas.”

Los adolescentes están a gusto en el hogar familiar: disponen de un grado de independencia cada vez mayor y disfrutan de muchas comodidades concentradas en las cuatro paredes de su dormitorio. Paradójicamente, el 67% de los padres entrevistados opinan que los adolescentes de hoy en día tienen «demasiadas cosas». Una pregunta retórica: ¿Quién se las proporciona?.

Doña Alejandra Vallejo Nágera explica las consecuencias: «Los adolescentes tienen ahora muchísimas oportunidades. Este exceso de posibilidades hace que se sientan, en ocasiones, francamente perdidos. También, que pierdan el afán de conquista. Logran sus objetivos tan fácilmente que no valoran el esfuerzo». Y llega el hastío, que ellos compensan a su manera. «Los jóvenes tienen las cosas tan al alcance de su mano que están en permanente búsqueda de algo que les inquiete; en definitiva, de sensaciones fuertes.

Desgraciadamente, las encuentran a través de unos métodos que no son precisamente beneficiosos para su salud mental y física. Esa sensación fuerte de valía propia, fruto de un esfuerzo, se ha difuminado por el exceso de medios que nuestros hijos tienen ahora a su favor».

Para ellos el ocio es olvidar, evadirse, salir de un mundo que no gusta, que carece de sentido. Emborracharse, drogarse, ¿reinventar la realidad?. Y se ataca la opción que más incordia: el botellón de la calle. Pero existe un botellón virtual -el psiquiatra Paulino Castells lo denomina “botellón electrónico”-, explosivo combinado de grandes dosis de televisión, Internet y videojuegos, que “coloca” tanto o más que el botellón alcohólico. “Tiene la peculiaridad de que no produce algaradas callejeras ni molesta a los vecinos a altas horas de la madrugada. El joven que practica el botellón electrónico (...) está siempre en casa, no sale por las noches ni se va de copas con los amigos. Es muy hogareño. Prefiere quedarse en su cuarto, con la tele, su ordenador y sus videojuegos, que le apasionan.”

Está en la habitación de al lado, pero instalado en un mundo ficticio. Los días pasan y el muro es cada vez más grueso e impenetrable. Nos lo cruzamos por la casa y nos invade la sensación de que nos hemos cruzado con un extraño. Si habla, lo hace con monosílabos. Si se nos ocurre preguntar, contesta : “no me ralles”. ¿Nos hemos perdido algo?. ¿Cómo se puede llenar este vacío?. Sin duda, retomando lo que la desidia ha ido abandonando: la vida de familia. Recuperar el sentido de la sala de estar, las zonas comunes, las comidas comunes, las sobremesas comunes, los juegos comunes, ¡los ordenadores comunes en lugares comunes!; ver películas juntos, salir alguna vez juntos, conversar... discutir.... incluso pelearnos, pero juntos.

Resulta bastante más cansado que ignorar el problema, pero el calado humano de los hijos no surge por generación espontánea. Suele guardar relación con el tiempo y el esfuerzo que invierten los padres. Es como la siembra; los frutos tardan, pero un día u otro se recogen.

Diari de Tarragona,  26 de marzo de 2006


 

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